Valle de Sapa, Vietnam: EL Mágico universo de los “duendes de las brumas”

Recorriendo las calles y mercados de la ciudad de Sapa, siento como si estuviera dentro de un cuento. Un cuento o una de esas fábulas infantiles en las que todo es real y palpable, incluso el momento en que uno se ve reflejado en un espejo o come un dulce, y ¡zas!, de repente comprendes que todo lo has soñado. No sólo es así por cuanto me rodea, sino por lo que me cuenta Nguyen Tan Dac, mi delgaducho y avispado guía local. Puesto que no hay nombres más complicados que los vietnamitas, el suyo lo resumo en Dac. Como buen vietnamita, Dac se enorgullece de los mitos que el paso del tiempo han dibujado en la historia de su país. Una de las leyendas más queridas por los vietnamitas es la que narra el origen de su variedad étnica.

Todo empezó cuando el rey Dragón del Sur se casó con Au Co, una hermosa hada norteña. Inicialmente vivieron en las montañas del norte, donde ella no hizo otra cosa que poner cien huevos. Tras empollarlos, de los cien huevos salieron cien rollizos niños. Más tarde, el rey sintió nostalgia de sus húmedas llanuras del sur y partió hacia ellas con la mitad de sus hijos. Estos serían los ancestros del grupo étnico mayoritario de Vietnam, los kinh o viet. Los cincuenta restantes que se quedaron en las montañas son los ancestros de las minorías étnicas del país, los llamados “pueblos de las colinas”.

En un folleto de la oficina de turismo de Sapa leo que hay 54 grupos étnicos en Vietnam. Las cuentas no me salen, pero Dac sonríe y dice que no tiene importancia. Como si un huevo de más o uno de menos fuera irrelevante. Pero resulta en vano. Todos los pueblos del mundo tienen sus instrumentos de fuerza, y el del vietnamita es el encanto. Si pido un plato y me traen otro, si quiero ir al museo y me llevan al zoo, si me dicen que la esterilla que quiero para mi suegra vale cien dong y acabo pagando mil… La respuesta a mis protestas es siempre la misma: una amplia sonrisa y un “no tiene importancia”. Realmente hacen contigo lo que quieren y lo más extraordinario es que en el fondo no te importa. No con ellos. La suavidad de formas, la amabilidad de sus creencias budistas, los mejores “croissants” fuera de Francia y una enorme fortaleza interior hacen que tú también acabes sonriendo y sigas queriendo tirar del hilo de esta mágica fábula.

ESTACIÓN EN LAS COLINAS

Pero no todo van a ser facilidades. Se lo he dejado bien claro a mi guía Dac. En Ho Chi Minh y en Hanoi ya he sido víctima del gran encanto de los hijos del rey Dragón. Mis bolsillos se resienten. Ahora me encuentro en el extremo septentrional del país, para descubrir cómo me seducirán los cincuenta hijos restantes, los que se quedaron en las montañas. La población de Sapa es un inicio muy prometedor. Para empezar, llegando desde Hanoi, uno deja de transpirar a cada paso. La ciudad te recibe al amanecer con un baile de nubes que se deslizan entre el espesor verde de sus colinas. Te impregnan la fragancia perfumada del bambú, la teca y el pino. Se te ensanchan los pulmones y experimentas sensaciones que habías olvidado. No soy el primero que agradece semejante respiro. Sapa fue fundada por los franceses como “estación de veraneo” en 1905. Huían del calor opresivo de la llanura y encontraron aquí un marco ideal donde oxigenarse y recuperar fuerzas. Sapa se levanta junto al río Muong Ha, a una altitud de 1.700 metros. La rodea un anfiteatro de umbrosas montañas que pertenecen a la cordillera de Hoang Lien Son, dominada por la cumbre del Fan Si Pan; no sólo la montaña de nombre más melodioso, sino también la más alta de Vietnam, pues alcanza los 3.147 m.

De los 54 grupos étnicos que viven en Vietnam, ocho lo hacen en las montañas que admiramos desde Sapa. Sus nombres son como los sonidos que saldrían de un xilófono:hmong, dao, tay, giay, moung, thai, hoa y xa pho. De entrada, lo que llama la atención de estos pueblos de las colinas es la variedad de vestimenta y ornamentos con que se diferencian. Así, los hmong se visten de negro, verde, blanco y estampados de flores; los dao tienen debilidad por el rojo y se adornan con vistosas monedas; índigo es el color de los tay, y la prenda de los thai es el “sarong”.

El mercado de Sapa, donde se reúnen para vender y abastecerse, es un mar de turbantes, atavíos, adornos y abalorios de todos los tamaños y colores, que se mezclan y arremolinan entre un constante trasiego de compras, regateos y reclamos. Todos los productos de las colinas, telas profusamente bordadas y un sinfín de artículos de bambú y piel, inundan los tenderetes. Los sábados por la noche, el mercado se convierte en una especie de agencia matrimonial: jóvenes hmong y dao se congregan para escenificar un ritual de cortejo. Se cantan versiones tribales de canciones populares, se ensalzan las cualidades de la persona que se pretende conquistar y reina un sano aire de montañera desinhibición.

LOS DUENDES DE LAS BRUMAS

Después de unos días en Sapa, me dirijo a las húmedas colinas de Lao Cai, un imán irresistible. En días claros, uno queda pasmado con los verdes campos de arroz. En las umbrosas pendientes, entre campos inundados, se apiñan las casas de las aldeas, tan bien adaptadas al entorno como los bosques de bambú.

Los ríos y los frecuentes saltos de agua confieren a la naturaleza un dinamismo de aguas cantarinas. La vistosidad de las mujeres de estas montañas no está reñida con su diligencia. Parece que no descansan nunca. Con el sempiterno niño colgado de la espalda, trabajan en los campos de maíz y patatas, traen el agua de la fuente y atienden todas las transacciones familiares. La indolencia es patrimonio de los hombres, que custodian las casas bebiendo o fumando opio y, como mucho, tiran de la cadena de un búfalo letárgico. Las carreteras son pocas y no son buenas. Los amantes del senderismo tienen aquí un paraíso, porque realmente no hay otra forma de moverse.

Sólo hay que conseguir un buen guía como Dac, proveerse de unas buenas botas y tener siempre un ojo atento para no ser pasto de las sanguijuelas. El senderismo es tan popular en la región, y la llegada de turismo les ha ido tan bien, que casi todo parece planeado de antemano. Desde Sapa, se puede empezar con un corto paseo de dos horas a Ta Phin, una bonita aldea dao. Si no nos duele nada a la mañana siguiente, hay caminatas más ambiciosas de cinco o seis horas hasta pueblos más alejados: Cat Cat, Ta Van y Cau May.En ellos encontramos las etnias dao, hmong y tay. Dado que los hmong forman el 52% de la población de esta región y no quiero dispersarme entre tanta etnia, le pido a Dac que me lleve a sus poblados. Al llegar, parece como si a uno le estuvieran esperando. Por supuesto, te reciben los hombres, pues son los que están ociosos. La etiqueta de la montaña obliga a aceptar la primera muestra de hospitalidad, una pequeña calabaza que contiene el regalo más preciado: un grumoso aguardiente de arroz fermentado. Dac afirma que debe beberse de un tirón. Y el efecto no tiene parangón; las colinas cobran inmediatamente ritmo, voz y vida.

La agricultura es el suastento básico en el norte de Vietnam

Como todos los pueblos de las montañas, los hmong te reciben con gran curiosidad y cortesía. Te llevan de un lugar a otro, dándote un sinfín de explicaciones. Aunque tienen formas de vida que parecen de otro mundo y destilan un candor casi infantil, no tienen nada de ingenuos. Los detalles de mi estancia en la aldea han sido previamente pactados con Dac. Si uno no puede sustraerse a la tentación de sacar una foto a alguien, deberá pagar lo que le pidan. Sus comunidades tienen de ocho a diez casas de madera, todas con una huerta. Al construirlas, tienen que seguir ciertas reglas. Cada una debe orientarse colina abajo, siempre según el agrado de sus ancestros, y ninguna puede estar ubicada frente a otra.

Las viviendas se disponen en torno a una espaciosa casa comunal, levantada sobre pilares de bambú. Limpia, vacía y confortable, es donde se atiende a los visitantes. De noche, con la luz de antorchas de petróleo, continúa la charla y se suceden las rondas de arroz fermentado.
Mis últimos días entre “los duendes de las brumas” los paso visitando el colorido mercado de Bac Ha y el de Lao Cai, junto a la frontera china. Allí me despido de Dac, felicitándole por la suerte de los hijos de Au Co. Gracias a la hermosa hada de las montañas, estos pueblos han aprendido a tener tanto encanto como carácter. Estoy seguro de que perdurarán.

Texto: Félix Roig; Fotos: Marco Casiraghi

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