El Buda más bello de Tailandia

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Foto: Richard Seaman (CC)

Una estatua de once metros de altura en una jaula sin techo. Una pequeña abertura, casi una rendija, permite al gran Buda observar al viajero que se acerca. Una de sus manos apunta al suelo y su mirada serena escruta el infinito. Los gatos que rondan el templo alguna vez se recuestan en su regazo y él sonríe, tal como lleva haciendo desde hace más de setecientos años. Es Phra Achana, el Buda más bello de Tailandia.

Todo superlativo categórico pertenece al terreno de lo subjetivo, y más si hablamos de un país con millones de estatuas de Buda. Las hay más grandes que Phra Achana, más lujosas, más enigmáticas y más veneradas. Es el caso del Buda reclinado y el Buda de esmeralda de Bangkok, la cabeza misteriosa en Ayutthaya o el recinto de templos y stupas de Doi Suthep. Phra Achana se encuentra en Sukhotai, una parada imprescindible cuando se visita Tailandia. Y para explicar por qué es el Buda más bello de ese país es necesario detenernos a explicar algunos de los principios básicos de esta religión milenaria.

Es muy posible que el gran público occidental comenzara a ver el budismo como algo cercano cuando actores tan carismáticos como Richard Gere o Keanu Reeves anunciaron públicamente que habían abrazado las enseñanzas de Buda. Esto, que pudiera parecer una boutade new age, no fue sino una consecuencia lógica: por un lado, la inmigración oriental a la costa oeste de Estados Unidos hizo florecer desde finales del siglo XIX algunas de las principales escuelas budistas de Occidente. Por otra parte, el célebre live fast, die young californiano era un caldo de cultivo perfecto para una sociedad necesitada al mismo tiempo de búsqueda espiritual y superación personal. Eran, por tanto, dos mundos destinados a encontrarse.

¿Pero qué es exactamente el budismo? ¿Cuáles son sus principios, sus ritos? ¿Qué propugna? ¿Qué es eso del nirvana? No es una respuesta sencilla, pues estamos hablando de una religión con más de veinticinco siglos de antigüedad. Por eso hoy comenzamos en Jot Down una serie de artículos que pretenden ser una pequeña guía de viaje en la que los destinos servirán de excusa para conocer algunos de los conceptos básicos del budismo. Nuestro punto de partida es Tailandia. Hay muchos otros lugares donde los templos budistas no están tan colapsados por el turismo de masas, pero el ser precisamente un destino tan exótico y al mismo tiempo tan occidentalizado lo convierte en un punto de partida accesible para quien viaja a Asia por primera vez.

Ruinas de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.

Quien más quien menos, todos tenemos ciertas nociones básicas sobre arte occidental. Somos capaces de comprender y disfrutar de lo que tenemos delante cuando visitamos una iglesia románica o una catedral gótica, al menos en lo esencial: entendemos la importancia simbólica de la luz, conocemos términos como nave, altar o bóveda y podríamos mencionar uno o dos rasgos básicos de cada movimiento artístico. Pertenecemos a una cultura cristiana y, seamos o no creyentes, sabemos de sobra quién es ese hombre crucificado y esa mujer que llora su muerte. Pero al visitar un país en el que ese código cristiano no existe, nos sentimos algo desarraigados porque nuestra percepción es la de un niño pequeño que no conoce el mundo y solo puede guiarse por lo que le dicen su instinto y sus sentidos.

Esto sucede con frecuencia en Tailandia, donde el budismo es especialmente exuberante y uno corre el riesgo de sobresaturarse de templos. La extravagancia (ante nuestros ojos occidentales) de sus formas, su colorida ornamentación y sus millones de estatuas de Buda en diversas posturas hacen que nos sintamos abrumados a los pocos días de estar allí. Un síndrome de Stendhal magnificado por el hecho de no saber muy bien dónde mirar. Quizás por esa necesidad de encontrar una explicación intentamos traducir lo que vemos a nuestros parámetros occidentales, igual que cuando queremos hablar en otro idioma traducimos literalmente del español y enseguida nos damos cuenta de que algo no funciona: budismo y cristianismo son dos religiones tan distintas que no existen tantos correlatos como quisiéramos. Así que nos quedamos mirando a los ojos rasgados de Buda y nos preguntamos cuál es el mensaje principal de ese dios al que tanto adoran los monjes con sus cantos, sus túnicas anaranjadas y la cabeza afeitada.

Buda, a punto de alcanzar la iluminación en Sukhothai. Foto: Ernesto Filardi.

Ese es el primer concepto que debemos tener claro: Buda no es un dios ni pretende serlo. Al final de su vida, cuando su mensaje era venerado incluso por algunos reyes, él negó muchas veces ser un dios, un ángel o un santo. Cuando se le preguntaba qué era, Buda siempre respondía: «soy alguien que ha despertado».

Esta negación del propio Buda sobre su esencia divina ha suscitado y aún suscita un acalorado debate: ¿es el budismo una religión o no? Unos argumentan que no puede serlo porque no existe una figura divina a la que adorar. Otros defienden que la existencia de un rito establecido y codificado le confiere ese rango religioso y que, a fin de cuentas, el budismo es considerado como religión oficial en Tailandia. En el fondo es una cuestión semántica: para cerrar esta discusión habría que llegar a un acuerdo sobre la definición de religión, igual que hubo que decidir qué significaba planeta antes de decidir que Plutón no lo era. Nosotros hablaremos del budismo como religión para evitar conceptos aún más complejos, como sucede con doctrina filosófica, línea de pensamiento o escuela de búsqueda interior.

Pero si no es un dios, ¿qué o quién es Buda? Muy sencillo: un príncipe indio del siglo VI a.C. llamado Siddharta Gautama que consiguió encontrar el modo de escapar del samsara, uno de los conceptos básicos del hinduismo. El samsara es el eterno ciclo de muerte y resurrección: cuando un ser muere su espíritu se reencarna en otro ser, tras cuya muerte llegará una nueva reencarnación y así hasta el fin de los tiempos. El samsara provoca el sufrimiento de la mente, ya que cada nueva reencarnación le aporta dolor y ansiedad. Tras una serie de vivencias, Siddharta halló la iluminación necesaria para comprender el modo de alcanzar el nirvana, que no es ni más ni menos que la ruptura del samsara, la liberación de ese movimiento continuo. Una vez que se alcanza el nirvana, el espíritu queda libre de ese ciclo infinito y puede por fin descansar en un estado eterno de paz y relajación. Tras ese momento de iluminación, Siddharta tomó el sobrenombre de Buda, que significa «aquel que ha despertado» o «aquel que ha sido iluminado», y se dedicó a divulgar sus enseñanzas sobre el nirvana. La tradición cuenta que él mismo lo alcanzó más de cuarenta años después, en el mismo día de su muerte. Sócrates aún no había nacido.

El nirvana, por tanto, es el objetivo último del budismo. Para alcanzarlo es necesario desprenderse de las tres ataduras que nos mantienen fijados al mundo físico: el apego excesivo por los bienes materiales, el odio y la ignorancia. Estas tres ataduras, también consideradas como tres fuegos, son las que provocan nuestra ansiedad y nuestra desesperación, o, en términos budistas, el dukkha característico del samsara.

Pero basta de teoría por ahora. Volvamos a Sukhothai.

Vista general de Wat Mahathat, el templo real de Sukhothai. Foto: Cédric Liénart (CC)

Situada en el centro del país, Sukhothai se alza orgullosa recordando sus tiempos gloriosos como primer reino de la historia de Tailandia, aunque algunos historiadores piensan que existió algún otro reino anteriormente. El recinto histórico se encuentra a doce kilómetros de la moderna Sukhothai, donde se alojan los viajeros que quieren visitar las ruinas. Son siete horas en autobús desde Bangkok o casi cinco desde Chiang Mai. Si se quiere viajar en ferrocarril es necesario llegar a la vecina Phitsanulok y desde ahí contar con una hora en autobús hasta Sukhothai.

El reino de Sukhothai comenzó en 1238, cuando los primeros tailandeses se rebelaron contra el poder del imperio jemer que dominaba una buena parte del sudeste asiático (y de cuya gran ciudad, Angkor, hablaremos en otro momento). Ramkhamhaeng, hijo del primer monarca de Sukhothai, fue quien llevó al reino a su mayor esplendor: creó una organización social y militar a semejanza de los jemeres, inventó el alfabeto tailandés que se utiliza hoy en día y, lo que más nos interesa para nuestro cometido, convirtió al budismo en la religión oficial del reino.

Pero todo reino necesita una imagen propia con la que identificarse, y de esta forma apareció dentro de la iconografía budista el llamado «estilo Sukhothai». Este estilo, uno de los más reconocibles del budismo tailandés, se caracteriza por dotar a Buda de una nariz larga y fina y una protuberancia en la cabeza en forma de llama. Otro de los grandes hallazgos iconográficos del estilo Sukhothai es representar a Buda caminando en una actitud que trasciende lo masculino y lo femenino para presentarse como una entidad celestial algo altiva que, a pesar de ello, no pierde en humanidad.

El recinto histórico de Sukhothai, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es una visita imprescindible para cualquier amante de la iconografía budista. Sus numerosos templos (o wat, en tailandés) encierran innumerables joyas escultóricas que se ven magnificadas por la omnipresencia de la naturaleza. Es el caso de Wat Mahathat, el impresionante templo real, o Wat Saphan Hin, con su monumental Buda de pie en lo alto de una pequeña colina.

Phra Achana, el Buda más bello de Tailandia, se encuentra en un templo del siglo XIII llamado Wat Si Chum, que está aproximadamente a un kilómetro y medio del recinto central de Sukhotai y del que apenas queda nada en pie. Lo primero que llama la atención al llegar es el contraste entre su reducido tamaño y la grandiosidad de la estatua de Buda: la escultura mide once metros y permanece encerrada dentro de los quince metros de altura de la mandapa, una estructura cúbica con una cubierta piramidal que en el arte tailandés suele tener la función de santuario. Pero de la cubierta no se sabe nada, ni siquiera si alguna vez existió: Sukhothai sucumbió ante el reino emergente de Ayutthaya allá por el siglo XV y poco a poco fue siendo pasto del olvido y de la selva, que durante cuatrocientos años se dedicó a devorar el esplendor pasado. Y entonces, cuando parecía que todo estaba perdido, apareció por allí Lucien Fournereau, un arqueólogo y arquitecto francés que a finales del siglo XIX se dedicó a buscar los restos de los principales reinos de la zona dejando un legado fotográfico impresionante. A Fournereau le debemos, entre otros, el descubrimiento de las ruinas de Angkor y de Sukhothai y nunca se lo agradeceremos bastante. También le debemos el testimonio gráfico que nos indica el estado en que se encontraba Phra Achana por esa época. Comparen la imagen actual del Buda con la que aparece en esta foto:

Foto: Bibliothèque nationale de France (DP)

A lo largo del siglo XX Sukhothai fue debidamente restaurado, como lo demuestra la belleza actual de Phra Achana. Es difícil saber, sin embargo, cómo era la cubierta de Wat Si Chum. Existen muchas teorías, como esta o estas. Incluso hay quien opina que la cubierta nunca fue construida. Sea como sea, y con esto vamos llegando por fin a la explicación del título de este artículo, la disposición actual otorga al entorno un encanto especial. No solo desde el punto de vista estético, sino también porque la ausencia de cubierta realza la postura representada por la estatua, uno de los momentos más importantes de la vida de Siddharta Gautama.

Existen varias formas de representar a Buda: sentado, de pie, caminando o reclinado. Cada una de estas posturas tiene un significado distinto, al igual que cada uno de los mudras, que son las distintas posiciones de las manos de Buda. Phra Achana está sentado con las piernas cruzadas, la mano izquierda sobre su regazo y la mano derecha apuntando al suelo. Esta posición, quizás la más representada en Tailandia, remite al momento de su iluminación: tras varios años de búsqueda y presintiendo que el momento está cerca, Siddharta decide sentarse bajo un árbol y no levantarse hasta haber sido iluminado. Un demonio maligno llamado Mara intenta de varias formas hacerle desistir, pero Siddharta toca el suelo con su mano derecha para solicitar a la Tierra que sea testigo de su inminente iluminación. La Tierra responde con una lluvia de flores que hace que Mara se rinda, tras lo cual Siddharta entra en un estado de meditación absoluta en el que tiene varias visiones. Entre ellas, todas sus reencarnaciones pasadas, la muerte y la resurrección de todo ser vivo del universo y cómo la ley del karma se relaciona con el hecho de conseguir una mejor o peor resurrección. Gracias a esas visiones puede comprender profundamente el funcionamiento del samsara y el modo de alcanzar el nirvana. De ahí que su rostro se muestre sereno y apacible.

Foto: Esther Warren (CC)

Es imposible apreciar en una sola foto la sensación de paz que desprende un Buda tan grande en un espacio tan reducido. Es un remanso de tranquilidad e infinitud a pesar de los anchos muros que le constriñen. El viajero podría sentirse agobiado en el poco espacio que queda libre en el interior del recinto ya que apenas se pueden dar unos cuantos pasos. Y ya ven, no es así: hay pocos lugares tan mágicos en Tailandia como esos pocos metros cuadrados presididos por la dulce sonrisa de una estatua de ladrillo y estuco. Al igual que sucede en una catedral gótica, es imposible no mirar hacia arriba al entrar en la mandapa. Pero como ya dijimos, no siempre es posible hacer una traducción literal entre códigos artísticos. La majestuosidad de Wat Si Chum es diametralmente opuesta a la del gótico, pues no radica en la fascinación por la suntuosidad sino en su reducido tamaño.

Los muros que rodean al Buda nos recuerdan la opresión del eterno ciclo del samsara, del que ni siquiera la propia escultura logró escapar: Phra Achana conoció una vida de esplendor hace setcientos años, cayó en el olvido, quedó casi destruida por completo para renacer tras el viaje de Fournereau. Siddharta Gautama, el hombre representado en la estatua, está a punto de convertirse en Buda y sonríe porque sabe que existe un camino para descansar del sufrimiento eterno. Y el viajero, fascinado por la grandeza del momento, mira hacia arriba para encontrarse con esa sonrisa tan delicada. Las espléndidas bóvedas de crucería que coronan las majestuosas catedrales occidentales nos hacen mirar al cielo para, entre otras cosas, recordarnos la grandeza de Dios, que ha creado al hombre que a su vez ha creado la catedral. Phra Achana, sin embargo, nos invita a mirar hacia arriba pero no para encontrarnos con Dios, que como sabemos no existe como tal en el budismo. Cuando nuestra mirada se eleva, y gracias a la falta de cubierta, nos encontramos con el cielo abierto. La grandeza del universo del que algún día seremos parte, cuando nos hayamos liberado de nuestro apego excesivo a las cosas materiales, de nuestro odio y de nuestra ignorancia.

Antes de salir del recinto, el viajero suele volver la mirada para echar una última ojeada a la dulce imagen de Buda. Su emblemática mano está apuntando a la Tierra. Pidiéndole, ya saben, que sea testigo de su iluminación. Y el viajero comprende que él también ha sido testigo de esa iluminación. Incluso ha sido parte de ella porque el viajero también es parte de la Tierra. Y el Buda más hermoso de Tailandia sigue sonriendo. Pero esta vez no sonríe por haber alcanzado la iluminación, sino porque sabe que, desde ese mismo momento, su belleza es ya una parte irrenunciable del viajero y del destino que le espera.

Vista de Wat Si Chum desde el exterior. Foto: Richard Seaman (CC)

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