Malinche, la indígena que abrió México a Cortés

Personaje singular

Doña Marina y el conquistador Primer encuentro de Malinalli con Hernán Cortés. Códice de Diego Durán. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid. Crédito: Oronoz / Album

Doña Marina y el conquistador
Primer encuentro de Malinalli con Hernán Cortés. Códice de Diego Durán. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid.
Crédito: Oronoz / Album

La joven Malinalli acompañó a Hernán Cortés a lo largo de la conquista del Imperio azteca y desempeñó a su servicio una función clave: la de intérprete con las poblaciones indias

Por Isabel Bueno. Doctora en Historia , Historia NG nº 102

En marzo de 1519, Hernán Cortés estaba dando los primeros pasos en la campaña de conquista de México. Se encontraba en la costa de Tabasco, poblada por los mayas. Tras librar una batalla en Centla, los caciques locales acudieron una mañana al campamento español para agasajar a Cortés con numerosos regalos de oro, mantas y alimentos. Le llevaban también veinte doncellas. El conquistador español no imaginó en ese momento que una de esas jóvenes, llamada Malinalli o Malinche, doña Marina para los españoles, sería una colaboradora decisiva en sus operaciones contra los aztecas.

Malinalli había nacido hacia el año 1500, posiblemente cerca de Coatzacoalcos, antigua capital olmeca situada entonces al sureste del Imperio azteca, en la región de la actual Veracruz. Pertenecía a una familia noble –su padre era el gobernante de la ciudad de Painala– y en su infancia parecía tener por delante un futuro prometedor. Pero todo se truncó cuando murió su padre y su madre se volvió a casar con un señor local. La pareja tuvo un vástago, al que hicieron heredero de todas sus posesiones, al tiempo que decidían deshacerse de la pequeña Malinalli. Aprovechando que una niña de la misma edad había muerto en el pueblo, la hicieron pasar por su hija y, amparados en la oscuridad de la noche, entregaron a Malinalli a unos mercaderes. Éstos la vendieron como esclava en el mercado de Xicalanco a otros comerciantes mayas, quienes, a su vez, terminaron por venderla al señor de Potonchán. Fue éste quien finalmente la entregaría a Hernán Cortés, en marzo de 1519, con otras diecinueve doncellas.

Los enviados del emperador Tras desembarcar en Veracruz, Hernán Cortés comió con los embajadores del soberano azteca Moctezuma. Pintura de Juan y Miguel González. 1698. Museo de América, Madrid. Crédito: Oronoz / Album

Los enviados del emperador
Tras desembarcar en Veracruz, Hernán Cortés comió con los embajadores del soberano azteca Moctezuma. Pintura de Juan y Miguel González. 1698. Museo de América, Madrid.
Crédito: Oronoz / Album

La entrega de estas jóvenes hay que entenderla dentro de las costumbres de los aztecas. Éstos solían viajar acompañados por mujeres que les cocinaran, y al ver que los españoles carecían de ellas decidieron ofrecerles algunas jóvenes destinadas también al servicio doméstico, aunque era fácil que se convirtieran asimismo en concubinas. Antes de aceptarlas, Cortés ordenó que fueran bautizadas, menos por razones religiosas que para cumplir la ley castellana que permitía mantener relaciones de concubinato únicamente entre personas cristianas y solteras. Al día siguiente, frente a un improvisado altar, presidido por una imagen de la Virgen y una cruz, un fraile «puso por nombre doña Marina a aquella india y señora que allí nos dieron». Oficiado el sacramento, Cortés repartió a las «primeras cristianas» entre sus capitanes. A doña Marina la entregó a un pariente lejano suyo, Alonso Hernández Portocarrero.

Desde Potonchán, Cortés se embarcó hacia San Juan de Ulúa, adonde llegó tras cinco días de navegación. Era un Viernes Santo, y mientras organizaban el campamento llegaron los embajadores de Moctezuma para averiguar qué querían aquellos viajeros. Cortés llamó a Jerónimo de Aguilar, un español que sabía maya por haber pasado varios años en el Yucatán, tras salvarse de un naufragio. Pero Aguilar no entendía el idioma de los mexicanos, el náhuatl. Fue en ese momento cuando se descubrió que Marina hablaba esa lengua, que era la de sus padres, además del maya, idioma de sus amos en Potonchán.

Testimonio de la conquista La catedral de San Cristóbal de las Casas fue erigida en la segunda mitad del siglo XVII, tras la fundación de la ciudad por el capitán Diego de Mazariegos en 1528. Crédito: Mel Longhurst / Age Fotostock

Testimonio de la conquista
La catedral de San Cristóbal de las Casas fue erigida en la segunda mitad del siglo XVII, tras la fundación de la ciudad por el capitán Diego de Mazariegos en 1528.
Crédito: Mel Longhurst / Age Fotostock

Como resumía un cronista, Marina «sirvió de lengua [intérprete] de esta manera: Cortés hablaba a Aguilar y Aguilar a la india y la india a los indios». Este sistema de traducción fue decisivo para el avance conquistador de Cortés, no sólo porque le permitió comunicarse con los indígenas, sino también porque así conoció la situación interna de cada grupo y pudo ganarse su lealtad frente al enemigo común, Moctezuma.

Doña Marina, la traidora Doña Marina o la Malinche, según un grabado mexicano de 1885. Biblioteca de Cataluña, Barcelona. Según el diccionario de la Academia, en algunos países de América «malinche» es sinónimo de «persona que comete traición». Esta acepción se basa en la idea, corriente desde el siglo XIX, de que Malinalli traicionó a su pueblo al ponerse de lado de un conquistador extranjero. Pero lo cierto es que en 1519

Doña Marina, la traidora
Doña Marina o la Malinche, según un grabado mexicano de 1885. Biblioteca de Cataluña, Barcelona. Según el diccionario de la Academia, en algunos países de América «malinche» es sinónimo de «persona que comete traición». Esta acepción se basa en la idea, corriente desde el siglo XIX, de que Malinalli traicionó a su pueblo al ponerse de lado de un conquistador extranjero. Pero lo cierto es que en 1519

Intérprete y amante

A partir de entonces la situación de Marina cambió radicalmente. En San Juan de Ulúa, al enterarse de los conocimientos de la cautiva, Cortés «le dijo que fuese fiel intérprete, que él le haría grandes mercedes y la casaría y le daría libertad». El conquistador no se quedó ahí. No sabemos si Marina, a sus 19 años, era tan «hermosa como una diosa», como afirmó más tarde un cronista, ya que los retratos de la época son simples esbozos. En todo caso, Cortés no tardó en hacerla su amante («se echó carnalmente con Marina», dice una crónica). Quizá para facilitar las cosas, Cortés dispuso que Portocarrero, a quien había entregado a Marina, volviera a España para llevar una carta al rey.

Fuente: National Geographic

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