Pánfilo de Narváez

No había ningún El Dorado; aún así los conquistadores españoles se enfrascaron en ocasiones en demenciales búsquedas de oro y riquezas por todo el medio-oeste americano, además de ir delimitando esa Terra Incognita al paso de sus caballos. Los centauros castellanos se enfrentaron antes que nadie a las tribus de las praderas: cheroquís, comanches, apaches; y propalaron tanto la fe católica como pandemias espantosas que mataron 18 millones de nativos en menos de medio siglo. Estas expediciones en pos de la legendaria Cíbola son

Para hacer justicia a estos pioneros, la Fundación Ramón Areces organiza junto a la Sociedad Geográfica Española un ciclo de conferencias sobre los primeros exploradores de Estados Unidos que comienza los días 25 y 26 de septiembre con Descubrir, ocupar, defender: España en La Florida y Luisiana y Juan Ponce de León y el descubrimiento de La Florida y continua la semana siguiente los días 2 y 3 de octubre con La expansión hispana en California y Cinco siglos de presencia española en Florida: el protagonismo de las misiones franciscanas.

Se tratarán diversos temas como la epopeya de Cabeza de Vaca por el sur de Estados Unidos, la búsqueda del Paso Noroeste y el descubrimiento de Alaska, la exploración de California por Ulloa o Cendres, las aventuras de los misioneros, comerciantes y buscadores de oro en Nuevo México, la fundación de misiones en California, la colonización de Luisiana y Tejas o los descubrimientos españoles del Misisipi o el Colorado. La conferencia es a las 19:30 en la calle Vitruvio, 5 de madrid y es gratuita pero es preciso preinscribirse.

Las ponencias engarzan con la conmemoración del 500 aniversario del descubrimiento de Florida por Ponce de León. El vallisoletano llegó el 4 de marzo de 1513 y por ser domingo de Resurrección llamó a esa tierra de la “Pascua Florida”.

No fue el primer europeo en divisar esa costa, pero sí inició un flujo de exploradores que arribaban a Florida en busca de sus sueños. Cronistas como Hernando de Escalante alimentaron la creencia de que Ponce andaba a la caza de la Fuente de la Eterna Juventud. Puede que esto no fuera cierto, pero el mito de las Siete Ciudades del Oro si que impregnó la imaginación española en las conquistas posteriores. ¿Acaso no se había descubierto ya la impresionante “Temustilán” azteca o el Cuzco inca? Súbitamente todo era posible.

El mito de Cíbola o las Siete Ciudades del Oro narra la huida de siete obispos portugueses durante la invasión mora de Mérida en el 713, salvando las riquezas de la ciudad y escondiéndolas al otro lado de la Mar Océana. Supuestamente fundaron una magnifica ciudad, Cíbola, en la isla de Antila, que la tradición oral aumentó a siete: Aira, Anhuib, Ansali, Ansesseli, Ansadi, Ansalli y Con.

A Ponce de León le siguió la expedición de Pánfilo de Nárvaez en 1528, un desastre en el que perecieron todos menos cuatro: Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Estebanico. Durante ocho años vagaron por Alabama, Luisiana y Tejas. Cabeza de Vaca narró su odisea en Naufragios en donde no hace mención a Cíbola ni a Quivira. Aun así, no dudó en engatusar al virrey de Nueva España, Antonio Mendoza, hablándole de ciudades con tesoros in par. Años después como gobernador de Paraguay se desdecirá alegando que los nativos eran “gentes muy amigas de novelas y muy mentirosos”

narvaez_panfiloAntonio Mendoza, el virrey, organizó una expedición guiada por Estebanico. El esclavo beréber fue asesinado en un poblacho indígena, Háwkuh, y se dispersó la comitiva. Sobrevivió el fraile Marcos de Niza, que aseguró ver en la lejanía una ciudad construida con paredes y empedrado de oro. Este espejismo animó más que desilusionó a Mendoza para organizar una segunda intentona en los territorios del norte.

La expedición de Vázquez de Coronado y la de Hernando de Soto son coetaneas (1540). Vázquez llegó a Quivira (Wichita) y no halló más que una aldea carente de valor material. Y llegamos a Hernando de Soto, el explorador extremeño que organizó la expedición más preparada jamás enviada a tierras de norteamericanas.

Él ya era inmensamente rico, había participado en la conquista del imperio inca como lugarteniente de Pizarro. Posiblemente leyó los jornales de Cabeza de Vaca y se animó a encontrar la mítica Cíbola y hacerse un nombre tan famoso como el de Hernán Cortés o Francisco Pizarro. Recientemente se han encontrado restos de una acampada de sus tropas en el condado de Marion en Florida.

Hernándo de Soto murió a orillas del Misisipi, preso de la fiebre, y su expedición borrada de la faz de la tierra por los hostiles indios de las praderas. Solo unos pocos supervivientes alcanzaron el Panuco en México, y lo que contaron desanimó futuras intentonas. Los españoles transmitieron decenas de virus a los nativos, especialmente a través de su ganado caballar, porcino y bovino. América del Norte estaba habitado por 25 millones de personas, de las que 18 murieron. La zona perdió interés, y ya en 1672, el conquistador francés Lasalle no encontró populosas praderas sino un vacío inmenso.

Fuente: biografiasyvidas.com

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