Los crímenes de Heliogábalo

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Heliogábalo, el gran desconocido

La historia, que con la edad se vuelve indulgente, a menudo perdona a sus malos y los trasunta, para poder digerirlos, en simples chistes. Un buen ejemplo lo tenemos en los emperadores romanos que por lunáticos, feroces o simples gilipollas suelen tenerse por responsables, por no decir culpables, de la caída del imperio.

 El césar Cómodo, por ejemplo, ejerció a la vez de emperador y de gladiador, que dicho así no parece gran cosa pero resultó a sus tiempos, para hacernos una idea, como resultaría a los nuestros que el presidente del gobierno hiciera pressing catch. De Nerón, por su parte, se dice que calcinó Roma hasta los cimientos y de Calígula, que nombró cónsul a su propio caballo. La historiografía de andar por casa, que a los hechos atiende lo mismo que al Trivial, a Saber y Ganar y a las pelis de Ridley Scott, normalmente recuerda a estas tres joyas y a alguna más —como a Galba o Caracalla, por ejemplo— como la encarnación casi alegórica de la caidita de Roma. Un nombre, no obstante, escapa con frecuencia a sus muchas responsabilidades en el quién es quién de cuando Roma se fue al carajo. Quizás fuese por su brevedad —tan solo gobernó del 218 al 222— o quizá porque el Senado romano condenó su recuerdo a damnatio memoriae —el olvido por decreto—, pero lo cierto que es que hay quien dice que Heliogábalo, que así se llamaba, “fue considerado por la mayoría de los antiguos historiadores como uno de los peores de su clase”. Sus cuatro años fueron breves, sí, pero intensos. Tanto o más que los de los restantes emperadores cofrades en el top five de la infamia aunque, no obstante, mucho menos recordados. El porqué es bastante sencillo.

Ya en la Historia Augusta —una obra anónima del siglo IV— el autor de la parte de Heliogábalo pide disculpas a los lectores cuando le toca, pobre hombre, repasar un poco por encima las prácticas sexuales del emperador, sobre lo que concluye que es “vergonzoso incluso decirlas”. En el siglo XV el humanista Elio Lampridio evitó de nuevo abundar en los detalles y se refirió a Heliogábalo como “una bestia […] de lujurias antinaturales”. Y en su Historia de Roma de 1844, el alemán Barthold Georg Niebuhr pareció coincidir con los dos anteriores y escribió sobre los vicios de Heliogábalo que eran sencillamente “demasiado desagradables para aludir a ellos”.

Tan hardcore era Heliogábalo comparado con otros malos de Disney que el recato y el pudor de los historiadores, de hecho, mantuvieron su recuerdo fosilizado a través de la historia como si fuese un mosquito en ámbar. Y no es para menos, porque en los cuatro años que duró su imperio Heliogábalo ejerció la prostitución, practicó el bondage, ofició sacrificios humanos, se casó con dos hombres, reclutó un ejército de putas, construyó una torre de suicidio e intentó cambiar de sexo quirúrgicamente. Entre otras. Demasiada modernura, comprenderán, para el entender cristiano de las cosas, que puesto en lid de balones fuera a la hora de explicar por qué Roma acabó a la remanguillé prefirió recurrir a Nerón —que se pasaba a los cristianos por el arco de Trajano— o a Calígula —cuyos pecados fueron terribles pero como más llevaderos—. Para hablar de Heliogábalo, no obstante, hay que decir palabrotas o desplegar, si se quiere evitar, un aparato eufemístico que puede funcionar, no les digo yo que no, pero que quedaría, por abundante, como si Paloma Gómez Borrero reseñase la filmografía de Nacho Vidal. Yacer con, tomar a, etcétera. De modo que su figura, la de Heliogábalo, sólo reapareció a efectos de revisión histórica al final del siglo XIX, que fue la prehistoria de la postmodernidad, cuando Bloomsbury, los románticos y demás tropa decadentista daban al traste con un modelo moral literalmente más viejo que la catedral de Burgos. Unos lo reivindicaron y otros insistieron, y con razón, en que de poco sirve ser el primer transgénero de la historia o el anarquista coronado, como dijo Artaud, si luego eres el vil y mezquino hijo de una hiena. Y razón no les falta.

Una historia que empezó mal y siguió regular

Era el año 217 y el emperador Caracalla, que era de Lyon y una bestia parda, según se dice, amaneció asesinado camino de Mesopotamia. Caracalla era el último varón en edad de merecer que le quedaba a la familia Severa y en el romano imperio, quien más quien menos, todo el mundo dio a la dinastía por extinta. Al trono ascendió un tal Marco Opelio Macrino, de los Macrino de toda la vida, prefecto del pretorio que tenía lo que en nuestra postmodernidad por mortem nosotros llamaríamos un perfil bajo y nuestras abuelas, un tío en Granada, que ni tiene tío ni tiene nada. La tía de Caracalla y matrona de los Severos, no obstante, resultó ser de ascendencia cartaginesa y mujerona que ni Dido en tiempos y dijo que ah no y que sólo faltaba. No se sabe muy bien cómo pero Julia Maesa, que así se llamaba, consiguió en su destierro en Siria instigar una revuelta en la Legio III Gallica —la legión fundada por Julio César, célebre por su lealtad al trono—, derrocó a Macrino y coronó emperador a su único nieto, Vario Avito Bassiano —de tan solo catorce años—, más conocido como Heliogábalo. La primera medida del joven emperador, sin que le diese tiempo siquiera de haber entrado en Roma, fue ejecutar al comandante de sus tropas y disolver la legión que lo había aupado al poder. Por si las moscas, ya saben. No vaya a ser que tal.

En su Siria natal Heliogábalo era el sumo pontífice de El-Gabal, un antiguo dios solar semítico encarnado en un betilo —un meteorito sagrado, como La Kaaba islámica— tallado en forma fálica. Una de las primeras medidas de su gobierno fue la de latinizar el nombre de la divinidad —que pasó a llamar Elagabalus, de ahí Heliogábalo— y llevar la piedra a Roma, en donde decretó su culto sí o sí para jódete y baila, figúrense, de los senadores patricios, que sin comerlo ni beberlo se vieron adorando a un pedrusco con forma de pene. El historiador romano Herodiano cuenta que lo peor, no obstante, era la indignidad con la que Heliogábalo oficiaba el rito y cómo todo un señor emperador de Roma, ahí es nada, se encaramaba al altar “con autendo afeminado y las tetillas al aire” para deshacerse públicamente en reggaetones sabrosones hacia el pétreo falo aquel. Los senadores y los funcionarios imperiales eran obligados a presenciar semejante afrenta al panteón romano tradicional sin poder decir, a todo esto, ni un triste hay que joderse. Con que imagínense las caras de póker.

La afrenta, por supuesto, quedó en nada comparado con lo que vendría después. Heliogábalo, ya para empezar, se casó con una sacerdotisa vestal, lo que de provocación al establishment pasaba a ser blasfemia de las gordas porque las vestales eran, y tenían que ser, vírgenes durante treinta años —so pena de morir enterradas vivas—. Después de con Julia Aquilia Severa lo haría con Julia Cornelia Paula y después con la viuda Annia Faustina, cuyo marido mandó ejecutar a efectos precisamente de esto mismo.

Los matrimonios de Heliogábalo, no obstante, se leen más en clave política, religiosa o de ser underground, porque al emperador adolescente en realidad le ocurría como en la canción de Gurruchaga; que las prefería gordas y no precisamente a las mujeres. Tan gordas le gustaban que en la Historia Augusta se cuenta que en algún momento instituyó una orden paramilitar, vamos a llamarlo así, con el objetivo de encontrar y reclutar por el romano imperio a los llamados onobelos, remedo helenista en latín coloquial de lo que hoy, sin tanto remilgo y con más cultura porno, podríamos llamar tranquilamente monster cocks, por tirar también de extranjerismo, o señores pollones, que diría Terenci Moix. Normalmente se conviene que fue así como Heliogábalo conoció primero a Hierocles, un esclavo auriga natural de Esmirna, en la actual Turquía, y después a Aurelio Zotico, un atleta griego famoso en medio imperio y parte del extranjero por lo superlativo, dicho en fino, de su viril anatomía. Con ambos llegó a casarse y al primero, de hecho, hasta pretendió sin éxito coronarlo césar para considerarse él mismo su emperatriz consorte.

Hombre rubio y dotado que además le daba al emperador bien para el pelo, Hierocles mantuvo con Heliogábalo su relación más duradera. En su Historia Romana, libro LXXX, Dion Casio especifica los términos altamente bondage en los que solían desarrollarse sus amores.

“Dado que deseaba [Heliogábalo] tener una reputación de adúltera, en este aspecto también imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser pillado in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendida por su marido [Hierocles] y golpeada hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este severo trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante.”

Dion Casio, Historia Romana. LXXX. 15. 3-4. (ref.)

Heliogábalo, en efecto, se refería a Hierocles como su marido y llegó a decir sentirse encantado “de que me llamen la amante, la esposa, la Reina de Hierocles”. Tanto era que al emperador le gustaba y bien la gasolina que con frecuencia se jactaba ante el Senado de los cardenales y moratones que le producía su papito. De Aurelio Zotico, por su parte, poco se sabe más allá de lo que legase la Historia Augusta; que “gozó de tanto poder que los jefes de las distintas cancillerías lo respetaban como si fuera el marido del emperador” y que su fenomenal cacharro, garante de su fulgurante posición en el star system imperial, dejó un buen día de funcionarle. Zotico fue desterrado de Roma poco antes del fin del emperador y sería el único entre sus esposas, esposos, amantes surtidos y ocasionales affaires que le acabaría sobreviviendo.

Un surtido catálogo de vilezas

La trayectoria de Heliogábalo en los que serían sus últimos años de vida deja la de Amy Winehouse a la altura del betún de Judea. Con frecuencia se advierte, eso sí, que las canalladas del emperador seguramente han sido magnificadas a posteriori, pues su figura no ha despertado nunca las simpatías, por decirlo amablemente, de sus pocos historiadores, empezando por los de la época y siguiendo por los más modernos. Edward Gibbon dijo de él en 1776 que “se abandonó a los placeres más groseros y a una furia sin control”. En 1911 John Stuart Hay lo califica de “psicópata sexual” y Robert Hans van Gulik lo llama “sádico neurótico” en 1974. Nótese, por si acaso no queda claro, que objetividades ni media.

Aun así no es difícil concluir que la afición de Heliogábalo por prostituirse más que las gallinas, vamos a empezar por ésta, pudo venirle en el curso de su pubertad como sumo sacerdote de El-Gabal, una condición que muchos asimilan con la de hieródulo —prostituto sagrado—. En la Historia Augusta se reseña cómo las prácticas religiosas importadas e impuestas por el emperador abundaban por igual en lo sexual, lo macabro y la gilipollez porque sí. Heliogábalo se empeño en oficiar personalmente los cultos a las divinidades latinas de consagración más guarrindonga —principalmente Venus, Adonis o Cibeles— a la par que organizaba desfiles de la piedra dios en forma de pene, por ejemplo, en un carro tirado por mujeres desnudas. Las víctimas de sus sacrificios eran con frecuencia seres humanos e incluso “niños de toda Italia, de noble cuna y bella apariencia” en cuyas entrañas después leía los augurios, una costumbre romana de origen etrusco.

Alrededor del año 220, no obstante, Heliogábalo se deja de elaboraciones absurdas y empieza a ejercer la prostitución directamente. Primero sería por Roma, según cuenta la Historia Augusta, en donde “frecuentaba los prostíbulos más notorios expulsando a las prostitutas para hacer él mismo de puta”. Después se mandaría construir unos baños públicos —léase un lupanar de rica miel— en el propio palacio “y al mismo tiempo abrió al pueblo los de Plauciano, para poder descubrir así las cualidades de los hombres mejor dotados sexualmente”. Trasladó a palacio “a muchos individuos cuya complexión corporal le había agradado, haciéndoles abandonar el teatro, el circo o el anfiteatro” para después rasurarles los asuntos “usando la misma navaja con la que él se afeitaba” —perversión esta, por cierto, hoy conocida como manscaping—. Dotó a la corte de un cartel de shows sexuales que ni el Bagdag de Barcelona, ordenando “que en los adulterios que representaban los mimos se realizaran de verdad aquellas escenas que sólo suelen ejercerse de forma fingida” y en una ocasión reunió a las meretrices que pululaban por las inmediaciones del circo hablándolas “como si se tratara de una arenga militar, llamándolas ‘compañeras de armas’ y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres”. Finalmente adquiriría la costumbre, angelito, de posar desnudo en una habitación atrezzada a lo puticlub de mala muerte —“con las cortinas descorridas, como hacen las rameras”— desde donde le decía a los que pasaban toda suerte de guarreridas españolas, tipo ven para acá, moreno, que te voy a comer esto y aquello.

Cosa curiosa viniendo de quién acabó siendo el primero en tantas cosas es, precisamente, su afición por la novedad. Se jactaba, por lo visto, de beber sólo en vasos de oro y de no beber dos veces nunca del mismo, y “fue el primero que tuvo marmitas de cocción autónoma y el primero también que tuvo marmitas simples, vasos de cien libras de plata grabados y algunos de ellos deshonrados con figuras muy libidinosas”. También fue el primero en disponer de colchas de oro, introdujo la novedad gastronómica de la morcilla de pescado —apuesta arriesgada, no me digan que no— y el vino aromatizado. En la Vita Heliogabali se cuenta además que fantaseaba frecuentemente con su propia muerte, mandándose construir una alta torre de suicidio dorada y enjoyada “para que incluso su muerte, declaró, fuese costosa y marcada por el lujo y que se dijera que nadie había muerto nunca tan a la moda”. Agasajaba a sus invitados con festines y orgías de enorme boato y con tales lluvias de pétalos “que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior”. También “sentía una pasión especial por los leones y leopardos privados de sus garras”, que mandaba domar hasta convertirlos en mansos pero luego azuzaba contra sus invitados para descojone suyo, se puede imaginar, e infarto de los invitados. Y es que “para él la vida —nos cuenta la Historia Augusta— se reducía a la búsqueda de nuevos placeres”.

La más determinante de sus faltas, no obstante, sería seguramente el poder que las mujeres obtuvieron durante su reino. El gobierno efectivo de Roma, de hecho, se atribuye durante Heliogábalo más al gineceo tras la púrpura que a los propios laureles, especialmente a su tía Julia Mamea, su madre Julia Soemia y su abuela Julia Maesa. Estas dos, además, serían las primeras mujeres en ingresar en el Senado, condecoradas al efecto con sendos títulos de Clarissima y Mater Castrorum et Senatus. El propio Heliogábalo, de hecho, protagonizó una notoria evolución personal en el curso de su gobierno, empezando por maquillarse “con más exageración que la permitida a una mujer decente y ataviado afeminadamente con collares de oro y vestidos ligeros”. En una ocasión “se afeitó sus mejillas y asistió a una fiesta para señalar el evento, pero después se arrancó los pelos para así parecerse más a una mujer” para acabar finalmente por referirse a sí mismo, de hecho, como una mujer. La Historia Augusta reseña que no sólo se travestía, sino que además protagonizó algún acceso de drag-queenismo —o algo así— pues “le gustaba ir a las tabernas por las noche llevando una peluca y allí ejercer el oficio de las buhoneras”. En su consideración como el primer transexual del que se tiene certero testimonio histórico pesa especialmente la mención que hace Dion Casio a que “llevó su obscenidad hasta tal punto que preguntó a los médicos si podían idear la manera de introducir en su cuerpo una vagina de mujer por medio de la incisión, prometiéndoles a cambio enormes sumas de dinero”. Hoy día Heliogábalo figura en diversos manuales de derecho como el primer antecedente legal del cambio de sexo.

Nadie es profeta en su tiempo

A Heliogábalo lo asesinó su propia guardia, la pretoriana, en el 222. Lo ahogaron en unas letrinas cuando sólo contaba dieciocho años. La conjura en su contra fue organizada por su tía Julia Mamea y su abuela Julia Maesa y en ella no dudaron en llevarse por delante también a la madre de Heliogábalo, Julia Soemia, y a Hierocles, el marido del emperador. El cuerpo del precoz monarca fue arrastrado en caballo por toda Roma y al final arrojado al río Tíber para que no recibiera sepultura. El Senado, como se ha dicho, prescribió para su memoria la damnatio memoriae, obligando a borrar su nombre de los registros, su efigie de las estatuas y prohibiendo su mención para siempre.

Lo sucedió en el trono Alejandro Severo, de trece años, primo del emperador e hijo de Julia Mamea. El registro histórico dice de su imperio que fue cabal y pacífico y que no se dejó controlar por su abuela. Devolvió a Roma sus tradiciones religiosas, impuso la cordura financiera y se cuenta que fue el primer emperador en respetar a los cristianos, intentando incluso introducir a Cristo en el panteón latino tradicional. Murió en Germania a los veintiséis años, sin descendencia y acabando así con la dinastía Severa.

La historia, decíamos al principio, con la edad se vuelve indulgente y a menudo perdona a sus malos. A Heliogábalo, no obstante, no llegó nunca a recordarlo y por lo tanto, no lo ha personado aún. Entre eso y su falta de sepultura el joven emperador seguramente mora todavía por las costas del río Aqueronte, de acá para allá y a la espera de juicio. Nos corresponde a nosotros, investidos jueces por dos mil años de perspectiva, enviarlo según sea nuestro criterio al Tártaro o a los Campos Elíseos. La acusación ha hablado, el fiscal parece que también y podemos ahora retirarnos a deliberar. Cuando lleguen a un veredicto, ahí tienen el post de comentarios.

Fuente: http://www.jotdown.es/2011/08/los-crimenes-de-heliogabalo/

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