La crecida del Nilo

La inundación que nutría Egipto

 Un dios fluvial Hapi, el dios del Nilo, con una mesa de ofrendas y tocado con flores de papiro. Museo del Louvre, París. DEA / SCALA, FIRENZE


Un dios fluvial
Hapi, el dios del Nilo, con una mesa de ofrendas y tocado con flores de papiro. Museo del Louvre, París.
DEA / SCALA, FIRENZE

Los egipcios estaban pendientes de la crecida del Nilo: el nivel de sus aguas marcaba la diferencia entre la abundancia y el hambre

Por José Llull. Egiptólogo. Instituto de Estudios del Próximo Oriente Antiguo. Universidad Autónoma de Barcelona, Historia NG nº 128

Todos conocemos la célebre frase de Heródoto: «Egipto es un don del Nilo». También en los antiquísimos Textos de las pirámides se recuerda cómo «los campos ríen cuando las riberas [del Nilo] se inundan». Verdaderamente, el río y su crecida anual constituyeron la base sobre la que iba a desarrollarse una de las civilizaciones más importantes de la Antigüedad. Pero esto no hubiera sido posible sin el arduo trabajo de los campesinos egipcios, que supieron «domesticar» el río y sacar provecho de su cíclico proceso de inundación y estiaje.
Más allá del discurso mítico, autores como Aristóteles, en el siglo IV a.C., y Agatárquides de Cnido, en el siglo II a.C., acertaron al indicar, siguiendo las explicaciones de los sacerdotes egipcios, que la inundación del Nilo tenía su origen en las copiosas lluvias que descargaban en las montañas de Etiopía. Por lo tanto, los egipcios, al menos en la fase final de su historia, sí sabían qué fenómeno era el causante de la prodigiosa inundación personificada por el dios Hapi.
La vida y la muerte estaban a merced de Hapi, el dios del Nilo, al que se representaba con prominente barriga y generosos pechos, generador de fecundidad y fertilidad. Dado que la inundación era su manifestación más poderosa, los egipcios celebraban festejos en su honor y le dedicaban composiciones como el Himno a Hapi, donde queda patente cuál es la importancia de esta divinidad: «[Tú eres] quien hace celebrar fiestas en los templos. Cuando estás inactivo, se taponan las narices, todos se hacen pobres, se reducen las ofrendas sagradas, mueren millones de hombres […] Cuando te desbordas, ¡oh Hapi!, se te hacen ofrendas, los bueyes se sacrifican para ti, una gran ofrenda se hace para ti, las aves se ceban para ti».
El temor a la hambruna

 File y la fuente del Nilo Desde el templo de Isis en File se divisa la pequeña isla de Biga, considerada a principios del período grecorromano como la tumba de Osiris y la fuente del Nilo, y en la que se alzaba un santuario cerrado al pueblo. El templo de File fue trasladado en 1977-1980 desde su emplazamiento original a la vecina isla de Agilkia. Louis-Marie Preau / Gtres


File y la fuente del Nilo
Desde el templo de Isis en File se divisa la pequeña isla de Biga, considerada a principios del período grecorromano como la tumba de Osiris y la fuente del Nilo, y en la que se alzaba un santuario cerrado al pueblo. El templo de File fue trasladado en 1977-1980 desde su emplazamiento original a la vecina isla de Agilkia.
Louis-Marie Preau / Gtres

Los egipcios estaban atentos a los nilómetros repartidos desde la lejana Nubia hasta el Delta. En su interior, una escala servía para controlar el momento de inicio de la crecida y la altura máxima alcanzada por el agua, pues conociendo el nivel se podía prever cuán beneficiosa o desastrosa podía ser la inundación en términos económicos. El naturalista romano Plinio el Viejo, en el siglo I d.C., recordaba en su Historia Natural este hecho: «Cuando el ascenso alcanza 12 codos, hay hambre; en 13 hay escasez; 14 trae alegría; 15, seguridad, y 16 abundancia, gozo y placer».
Básicamente, una buena inundación era aquella que cubriera de agua la llanura aluvial sin afectar a las poblaciones. Pero la crecida podía llegar a ser muy variable, tanto en lo referente al momento de inicio y final como al caudal de agua aportado por el Nilo. En la Piedra de Palermo, por ejemplo, queda constancia del registro de la altura de la inundación (en codos, puños y dedos), desde las primeras dinastías. Podemos ver cómo en cinco años del reinado del rey Ninecher, de la dinastía II, la diferencia máxima de altura fue de casi dos metros. En cambio, más drástica es la diferencia en los registros nilóticos de Amenemhat III, de la dinastía XII, en la segunda catarata, en los que, en el año 30 de reinado, se marca una altura de 5,1 metros, que diez años después se reduce a apenas medio metro.

Inundaciones catastróficas

 El Nilómetro de Elefantina Nilómetro para medir las crecidas del río en la isla Elefantina, en Asuán, reconstruido en época romana. Siglo I. AKG / ALBUM


El Nilómetro de Elefantina
Nilómetro para medir las crecidas del río en la isla Elefantina, en Asuán, reconstruido en época romana. Siglo I.
AKG / ALBUM

Las consecuencias de una mala inundación o de una mala gestión de la crecida podían ser desastrosas. Muchos textos literarios o históricos recuerdan estas situaciones. Durante la dinastía X, Ankhtifi, nomarca (gobernador) de Hieracómpolis, señala cómo durante una hambruna «el Alto Egipto moría de hambre [hasta el extremo de que] todo hombre [había llegado] a comer a sus hijos». El rey tebano Mentuhotep, de la dinastía XII, menciona en su autobiografía «que llegó una mala inundación en el año 25», si bien no permitió que la población muriera de hambre. Sin duda, uno de los textos más dramáticos referidos a las consecuencias de una mala inundación es el que aparece en las Cartas de Heqanakht, de principios del Imperio Medio: «¿Acaso hay una gran inundación? Hemos despachado vuestras provisiones de acuerdo al nivel de inundación que todo el mundo sufre. He logrado manteneros vivos hasta ahora. Que se diga “hambre” para referirse al “hambre” de verdad. Mirad, aquí se ha comenzado a comer personas».
Más de tres mil años después, el historiador bagdadí Abd el-Latif relata de una manera aún más espeluznante las consecuencias de una mala inundación del Nilo en el año 1219: «Las provincias estaban devastadas por la sequía, […] el aire se corrompía, la peste y un contagio mortal comenzaron a hacerse sentir, y los pobres, presa del hambre que crecía día a día, comieron carroña, los cadáveres, los perros, los excrementos y el estiércol de los animales. No era raro encontrar personas que asaban a los niños al fuego o los cocían. El comandante de la guardia hacía quemar vivos a aquellos que cometían este crimen».
La inundación podía ser aprovechada en mayor medida gracias a la construcción de canales y diques. El nomarca Khety I de Asyut se vanagloria de «un canal [que hizo] para esta ciudad cuando el Alto Egipto estaba en difícil situación y no había nadie que viese el agua. Permití que el Nilo inundara los viejos lugares». Al rey Sesostris III se le compara incluso con un dique en un himno: «¡Qué grande es el señor de su ciudad; él es un dique, embalsando el río contra su inundación!».
Y hasta en la confesión negativa del Libro de los muertos, el difunto jura no haber «alterado el rumbo del agua en su estación, ni levantado diques para contener el agua corriente», pues las obras hidráulicas, de distribución de aguas, embalse o protección eran muy importantes.
Diodoro de Sicilia, en el siglo I a.C., ofrece una imagen relajada del campesinado durante la crecida: «El pueblo, libre de trabajo durante la época de la crecida, se dedica a la diversión, banqueteando continuamente y disfrutando sin trabas de todo lo necesario para el placer». Sin embargo, aunque no pudiera trabajar el campo durante la inundación, el campesino tenía que prepararse para el momento en que las aguas cedieran terreno a los campos. Así, el Papiro Lansing relata en qué ocupa sus días el campesino: «Cuando el agua está llena [el campesino] riega los campos y mantiene en buen estado las construcciones. Se pasa el día tallando herramientas para el cultivo de la cebada, y la noche trenzando cuerdas».

 El hambre, siempre al acecho Mientras una crecida óptima del Nilo significaba abundancia y alegría, una crecida insuficiente causaba malas cosechas y, por consiguiente, hambrunas y miseria. Arriba, relieve con gentes desnutridas en la calzada del rey Unas en Saqqara. Manuel Juaneda-Magdalena


El hambre, siempre al acecho
Mientras una crecida óptima del Nilo significaba abundancia y alegría, una crecida insuficiente causaba malas cosechas y, por consiguiente, hambrunas y miseria. Arriba, relieve con gentes desnutridas en la calzada del rey Unas en Saqqara.
Manuel Juaneda-Magdalena

El día a día de los campesinos

Organizados desde las instituciones locales, los campesinos sabían que el mantenimiento y la limpieza de los canales y diques de contención resultaba una tarea vital. A medida que se retiraban las aguas este menester no debía descuidarse, era prioritario. Por su parte, los encargados del catastro egipcio, los agrimensores, se dedicaban a verificar los límites de las parcelas mediante la colocación de mojones para evitar las disputas entre propietarios. El final de la estación de akhet (inundación) y
el inicio de la de peret (el invierno o germinación) eran un período de intensa actividad, pero que también dejaba espacio para las celebraciones festivas.
En efecto, durante los meses de la estación de akhet se celebraban fiestas muy importantes, como la de Año Nuevo. En el templo de Hathor en Dendera, la estatua de la diosa era subida a la terraza del templo y expuesta en un kiosko a los revitalizantes rayos del Sol. Con la potencia renovada, la estatua era conducida de nuevo a su capilla. Otras festividades importantes eran la antiquísima fiesta wagy, celebrada durante el primer mes de la estación y relacionada con el calendario lunar; la fiesta de Opet en Tebas, que tenía lugar en el segundo mes y en la que los dioses Amón, Mut y Khonsu de Karnak visitaban a Amón-Min de Luxor; o la fiesta de Osiris y Sokar, en el cuarto mes, que celebraba la muerte y resurrección de Osiris. Todas tenían un claro simbolismo vinculado a la regeneración y la fertilidad.
Una de las festividades más curiosas era la llamada fiesta tehy o de la embriaguez, que se celebraba sobre todo en Dendera y en Bubastis. Comenzaba el día 20 del primer mes de akhet y consistía en una procesión solemne por el Nilo, al tiempo que se hacían ofrendas y se recogía agua de la inundación en recipientes especiales que debían depositarse en los templos. En su vertiente popular, sin embargo, la fiesta podía acabar «en un profundo sueño después de celebrado el banquete», como indica Heliodoro en sus Etiópicas.
Durante milenios, los egipcios vivieron al ritmo de las crecidas anuales de su gran río. Incluso los griegos y romanos que dominaron el país a partir del siglo IV a.C. se adaptaron plenamente a ese sempiterno ciclo de inundaciones al que sólo puso fin la construcción de la presa de Asúan, en la década de 1970.

 Pesca en aguas del Nilo Este relieve de la mastaba del visir Kagemni, en Saqqara, muestra los pequeños esquifes de papiro desde los que unos hombres realizan tareas de pesca, y, bajo ellos, una representación de la fauna acuática del Nilo. AKG / ALBUM


Pesca en aguas del Nilo
Este relieve de la mastaba del visir Kagemni, en Saqqara, muestra los pequeños esquifes de papiro desde los que unos hombres realizan tareas de pesca, y, bajo ellos, una representación de la fauna acuática del Nilo.
AKG / ALBUM

 Los barcos que surcaban el Nilo Barco egipcio, impulsado por remos y por una vela, que aprovechaba el viento norte para ir río arriba. Maqueta de una tumba. CÉSAR CRESPO / AGE FOTOSTOCK


Los barcos que surcaban el Nilo
Barco egipcio, impulsado por remos y por una vela, que aprovechaba el viento norte para ir río arriba. Maqueta de una tumba.
CÉSAR CRESPO / AGE FOTOSTOCK

Para saber más

El pueblo egipcio. T. G. H. James. Crítica, Barcelona, 2004.
La imagen de Egipto en los fragmentos de los historiadores griegos. Luz M. García y Germán Santana. ULPGC, Las Palmas, 2002.
El antiguo Egipto. Anatomía de una civilización. Barry J. Kemp. Crítica, Barcelona, 1992.

Fuente: National Geographic

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