San Lino (67-76)

Designación directa y designación indirecta


Como es bien sabido, no siempre el Obispo de Roma fue elegido a través de una votación, tanto menos por un cónclave como el que conocemos hoy en día. De hecho, las primeras noticias ciertas que tenemos de una elección papal, llevada a cabo por la comunidad de la Iglesia de Roma fue la de Alejandro I (105-115). La llevaron a cabo los obispos presentes por aquellos días en la Urbe a partir de los sufragios de los fieles y actuando de testigos y valedores los presbíteros y diáconos. Dicho consorcio del clero y el pueblo romanos para elegir a su obispo funcionó bien durante trescientos años, para cambiar posteriormente, como se verá en otro artículo. En éste queremos hablar de otro modo de elección del Papa que, si bien, abandonada hace siglos, tuvo su importancia histórica: La libre designación del predecesor.

El segundo papa de la historia fue el toscano san Lino (en la foto), nacido en Volterra, que ocupó la cátedra romana desde el año 67, en que fue martirizado san Pedro, del cual era discípulo. Durante las ausencias de su maestro, sustituía a éste a la cabeza de la comunidad cristiana de Roma, desempeñándose con tal eficiencia que pareció natural que sucediera al apóstol. Se dice, incluso, que Pedro designó expresamente a Lino para ocupar su puesto a su muerte, y ésta parece haber sido la primera forma que los hombres hallaron para coadyuvar a la acción del Espíritu Santo en el delicado negocio de hacer un Papa.

Por resultar de la última voluntad del predecesor en el oficio de Vicario de Cristo, esta forma de designación puede ser llamada «testamentaria», y no es extraña en el contexto de las relaciones de maestro a discípulo, en las que este último recoge la «herencia» de aquél -como Eliseo recogió la de su maestro Elías simbolizada en su manto-. En el primer siglo del cristianismo, fue el modo regular por el que se sucedieron los obispos de Roma. Así, san Lino (67-76) habría a su vez designado a su condiscípulo san Anacleto (76-88); éste a san Clemente I (88-97), preconizado obispo por san Pedro, y Clemente a san Evaristo (97-115).

Las siguientes designaciones testamentarias de Papas son más esporádicas y dependen de que en cada elección no se respeten las últimas voluntades del Pontífice difunto. Lo de las últimas voluntades hoy nos sorprende no poco pero que estuvo vigente bastante tiempo. Así, el papa griego san Zósimo (417-418) fue elegido muy probablemente por indicación de su antecesor Inocencio I, a quien se lo había recomendado san Juan Crisóstomo. El papa san Símaco (en el mosaico, de San Pablo Extramuros), preocupado por alejar la amenaza del cisma que se había manifestado con ocasión de su propia elección, dio un sostén jurídico a la sucesión testamentaria, a la que consideraba la menos arriesgada y susceptible de ser manipulada por los obispos. El 1 de marzo de 499, reunió un sínodo en San Pedro, en el cual participaron 72 obispos italianos y se aprobó el llamado «decreto de Símaco», el primero que regulaba el nombramiento de los Romanos Pontífices. En lo sucesivo cada Papa establecería quién habría de sucederle. En caso de fallecer de improviso y sin haber podido indicar su voluntad al respecto, se procedería a la elección del nuevo Pontífice por parte del clero romano con exclusión de los laicos. Estas normas apenas se cumplieron. De hecho, a la muerte de Símaco, fue elegido unánimemente san Hormisdas (514-523) sin haber sido designado por aquél.

En 529, sintiéndose enfermo y próximo a la muerte, Félix IV, invocando el decreto de Símaco, reunió al clero romano y al Senado, en cuya presencia impuso su propio palio al archidiácono Bonifacio. Mediante este acto, manifestaba Félix claramente su decisión de que fuera Bonifacio su sucesor. Además, para que no cupiera duda de su voluntad, hizo fijar en todas las iglesias titulares de Roma un edicto amenazando con la excomunión a todo aquel que hubiera turbado la paz de la Iglesia discutiendo su determinación. Por su parte, el Senado apoyó el acto pontificio, dictando la pena de confiscación de bienes y destierro contra quien se atreviera a promover discusiones electorales en vida del Papa.

Cuando al año siguiente murió Félix IV, un grupo de sacerdotes fieles suyos eligieron a Bonifacio II (530-532), mientras otro grupo más numeroso de clérigos y laicos se reunía en la basílica Julia para elevar al trono de Pedro a Dióscuro, quien fue excomulgado por Bonifacio. Un nuevo cisma venía a afligir la Iglesia, pero afortunadamente duró sólo veintidós días, ya que Dióscuro murió al cabo de ese tiempo. Es natural, pues, que la preocupación de Bonifacio II fuera la de asegurar por todos los medios su propia sucesión. A1 efecto, convocó en 531 un nuevo sínodo en San Pedro, en el curso del cual publicó uin decreto por el que nombraba al diácono Vigilio, a quien n izo reconocer por todos los presentes bajo juramento. Esto último constituía sin embargo un abuso de poder, que fue denunciado por el Senado a la corte de Rávena, donde residía el representante del emperador bizantino. Interpelado en un segundo sínodo reunido para investigar su actuación, Bonifacio II reconoció ante la asamblea su error e hizo quemar el decreto de nombramiento de Vigilio, quien esperaría aún tres pontificados -si bien éstos fueron breves- para convertirse en Papa, y ello no sin discutibles maquinaciones.

Agapito I (535=536) se opuso a la designación de un nuevo Papa en vida del anterior, e hizo convocar un sínodo en el que anuló la excomunión de Dióscuro como signo manifiesto de su disconformidad con el decreto de Símaco. Más tarde, el papa Vigilio (537-555) aceptó por debilidad la Pragmática Sanción emanada por Justiniano en 554. En virtud de este instrumento legal, el emperador asociaba al Papa al gobierno político de la Italia bizantina y aumentaba el poder de los obispos frente al de los funcionarios civiles del Imperio. Lógica consecuencia de estas concesiones era que tanto el nombramiento del Romano Pontífice como el de los obispos debían someterse al plácet imperial, con lo cual el decreto de Símaco quedó prácticamente abolido.

Un intento fallido de designación testamentaria en plena Edad Media, cuando ya se hallaba arraigado el uso de la elección exclusivamente reservada a los cardenales, ocurrió en la Navidad de 1197. El nonagenario Celestino III anunció al Sacro Colegio reunido para la ocasión su intención de abdicar, pero con la condición de que se elegiría como sucesor al cardenal Juan de Santa Prisca, su más próximo colaborador y hombre de confianza. Los príncipes de la Iglesia rechazaron la idea y pocas semanas más tarde el Papa murió. Ascendió al solio -como Inocencio III- el cardenal Lotario de los Condes de Segni, precisamente quien menos se hubiera esperado el difunto, que lo había mantenido relegado de la Curia Romana debido a una antigua rivalidad entre las familias de ambos (Orsini y Conti).

De modo más bien anecdótico diremos que en nuestra época las sutiles maniobras de otro Papa en orden a hacer elegir a su propio candidato parece que tuvieron éxito, aunque ello se produjo en el estricto marco legal del cónclave. Hablamos del caso de Pío XII. Ya Benedicto XV se había fijado en el aristocrático curial Eugenio Pacelli, a quien consagró obispo el 13 de mayo de 1917 -el mismo día de la primera aparición de Fátima- y destinó al servicio diplomático de la Santa Sede. Nuncio en Munich y después en Berlín, el arzobispo Pacelli gozaba de la confianza del cardenal secretario de Estado Gasparri, quien atrajo sobre él la atención de Pío XI. Llamado a Roma, fue creado cardenal en diciembre de 1929 y nombrado en el lugar de Gasparri, que había solicitado su retiro después de llevar felizmente a término la labor de su vida: la conciliación de la Roma papal y el joven Estado italiano.

El papa Ratti supo apreciar las extraordinarias dotes de su nuevo secretario de Estado y lo preparó concienzudamente para más altos destinos. Así pues, lo envió como su legado a látere a Argentina (1934), Francia (1935 y 1937) y Hungría (1938), y le hizo realizar un extenso viaje de carácter privado por Estados Unidos 11936) para darle una valiosa experiencia que le pudiera servir más tarde. Se sabe, por otra parte, que intervino activamente en la redacción de los más importantes documentos de la segunda mitad del pontificado, especialmente en la de la encíclica “Mit brennender Sorge” contra el nazismo. Cuando alguien felicitó al Papa por ésta, Pío XI, señalando a su Secretario de Estado, respondió: «Es suyo el mérito.» Pío XI no ocultó que esperaba que fuese su sucesor: «Sará un bel Papa!», solía decir con absoluto convencimiento. Si los cardenales que entraron en cónclave en 1939 tuvieron en cuenta o no este deseo, lo cierto es que el Cardenal Pacelli fue elegido Papa prácticamente con la unanimidad de los votos

Fuente: http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1007311046-aquel-tiempo-en-que-el-nuevo

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