QUIRÓN – EL CENTAURO

QUIRÓN, EL CENTAURO

QUIRÓN, EL CENTAURO

Monte Pelión

Monte Pelión

En una cueva en lo alto de los nevados picos del Monte Pelión vivía Quirón, el más anciano y sabio de los centauros: una raza misteriosa, de apariencia mitad caballo y mitad hombre. Estos centauros eran los hijos de Cronos, que violó a una ninfa convirtiéndose en caballo; y por eso los descendientes de esta unión eran mitad animales y mitad seres divinos.

Mientras que los demás centauros eran salvajes e indómitos, Quirón era singular en su sabiduría y caballerosidad, y era amistoso con los humanos. Poseía una rara habilidad con el arpa, y a menudo impartía consejos profundos en el lenguaje humano acompañado por la música dulce de su instrumento. Poseía todos los secretos del conocimiento de las hierbas y podía curar muchas enfermedades que la medicina humana no lograba aliviar; y también comprendía la sabiduría de las estrellas y enseñaba el arte de la astrología.

Tan grande era su fama que muchos hijos de reyes eran confiados a su cuidado. Con él, estos jóvenes alumnos aprendían a temer a los dioses, a respetar a los ancianos y a ayudarse unos a otros en el dolor y la adversidad. El anciano y sabio centauro les enseñaba a componer música, a ejecutar las danzas con gracia, a combatir, a boxear y a correr, a escalar las altas rocas y a cazar bestias salvajes en los bosques montañosos. Aprendían a leer en el cielo los presagios y a hallar las plantas que podían servir de antídoto para las infecciones y el dolor.

Los jóvenes que Quirón educaba aprendían a reír ante el peligro, a despreciar la pereza y la codicia, y a afrontar todo lo que se les presentara con valor y buen ánimo. Crecían fuertes y con destreza, con modestia y con bravura, y eran aptos para gobernar por haber aprendido a obedecer.

centauro2Entre los mejores amigos de Quirón se encontraba el poderoso héroe Heracles. Este hombre gigantesco había estado luchando con un monstruo fabuloso conocido como la Hidra y, habiendo matado finalmente a la bestia, había sumergido algunas de sus flechas en la sangre venenosa de la Hidra para hacerlas todavía más letales. Ahora, de camino para visitar a su amigo Quirón, el héroe fue atacado por una tribu de centauros salvajes e indómitos.

Se produjo entonces una gran batalla, en la que Heracles luchó en solitario contra la horda de atacantes. Al escuchar el fragor del combate, Quirón salió de su cueva y, levantando sus manos en son de paz, se interpuso entre Heracles y un centauro a quien el héroe estaba apuntando con una flecha. Pero la flecha ya había sido lanzada y fue a clavarse de lleno en el muslo de Quirón.

Si hubiese sido totalmente animal o humano, Quirón hubiese muerto instantáneamente. Pero era semidivino, y el don de la vida eterna se convirtió en una terrible carga para él. La herida era mortal, y el centauro se retiró aullando hacia el interior de la cueva. Este sabio curandero no podía hallar ahora un antídoto para el veneno de la Hidra y poder curar aquel dolor lacerante.

No tenía otra elección que seguir viviendo con ello, pues no podía morir como otras criaturas mortales. El dolor le obligaba a probar muchos remedios, algunos de los cuales eran de gran valor para los que sufrían; pero ninguno de ellos pudo aliviar su propio sufrimiento.

Zeus

Zeus

Desesperado, Quirón rogó a Zeus, el dios del cielo, que le permitiera morir. Este, apiadándose de él, le concedió entrar en los salones del inframundo como el resto de los mortales, y de ese modo la muerte liberó a Quirón del sufrimiento.

COMENTARIO:

Este oscuro mito no es fácil de interpretar. Nos puede parecer muy injusto que una criatura como Quirón, sabia y civilizada, tuviera que sufrir simplemente porque se hallaba en el lugar equivocado en el momento inadecuado. Cuando nos topamos con semejantes acontecimientos en el mundo moderno, nos llenan de rabia impotente y de perplejidad.

«Por qué tuvo que ocurrirle eso a alguien tan joven… tan amable… tan bueno? ¿Por qué no le sucedió a alguien malo o despreciable?» Deseamos creer en la justicia de la vida, porque esta creencia hace que la vida parezca controlable.

Si somos buenos y nos lo recompensan, entonces todo lo que tenemos que hacer para ser recompensados es ser buenos. Esto es simple y se halla bajo nuestro control. La idea de ser buenos y, sin embargo, ser golpeados por algún accidente que arruina nuestra vida, es virtualmente insoportable.

Las catástrofes colectivas, si son de origen humano (como la guerra) o causadas por la Naturaleza misma (como terremotos, sequías e inundaciones), nos enfrentan con la profunda injusticia de la vida a nivel global. Por más que queramos creer en un cosmos justo, tarde o temprano nos enfrentaremos con el enigma del sufrimiento injusto.

Cuando sucede algo injusto, no tenemos otra opción sino la de sufrirlo, tanto si nos lo «merecemos» como si no. Al comienzo, puede que culpemos a alguien o a algo, e intentemos aliviar nuestro infortunio hallando un escape al que poder echar la culpa. Culpamos a los padres, a la sociedad, al gobierno, a algún grupo minoritario o a cualquier otra cosa que tengamos al alcance, porque no podemos soportar una situación en la que la inculpación no sea lo apropiado. La única respuesta posible, en último caso, es la comprensión y la compasión. La palabra «compasión» se deriva de la raíz latina que significa «sufrir con».

El sufrimiento injusto lo compartimos todos y puede establecer un sentido profundo de relación con otros seres vivientes. Aunque es posible que nunca descubramos una justificación para semejante dolor inmerecido, podemos vislumbrar su poder transformador final en la forma en que puede purificar y transformar el corazón humano.

Oculta en esta historia se encuentra la sugerencia de que existe un precio a pagar por intentar civilizar el lado salvaje de la naturaleza humana. Aunque este precio nos pueda parecer injusto sin lugar a dudas, el sacrificio es inevitable porque forma parte de la naturaleza de la vida.

Existe una necesidad de lucha entre el Yo Superior —simbolizado por Heracles— y las fuerzas instintivas que se encuentran en el Yo inferior, en el interior de los seres humanos —simbolizadas por los centauros salvajes— si hemos de crear un mejor mundo para todos.

Y, a veces, un dolor, una pena o una pérdida injusta es el resultado de esta lucha. Solo si vemos la historia desde una perspectiva más amplia, es posible que vislumbremos una mayor profundidad de propósito en ella, aunque también es posible que no hallemos justicia alguna.

La muerte voluntaria de Quirón puede verse como un símbolo profundo; cambia su inmortalidad por el destino de las criaturas mortales. Podemos ver esta muerte como una transformación psicológica, como una aceptación interna de los límites humanos. Solamente cuando pensamos que somos tan especiales que estamos exentos de las vicisitudes de la vida, sufrimos el verdadero veneno de la herida de Quirón. Este veneno podemos comprenderlo como la amargura de un continuo y corrosivo resentimiento.

Si esperamos estar protegidos de la vida, entonces nos volveremos amargados y llenos de veneno cuando descubramos que, después de todo, no somos tan especiales. Cuando el sufrimiento injusto entra en nuestra vida, la inevitable reacción humana con la pregunta de ¿por qué a mí? puede que debamos sustituirla por la más sabia de ¿por qué no a mí?

Los dones y la naturaleza inmortal de Quirón no lo protegen de la vida, como no lo harán nuestros propios dones ni tampoco nuestra espiritualidad «elevada». También nosotros tendremos que aceptar nuestros límites como mortales y sobrellevar la muerte y transformación internas que nos permita reconciliarnos con la vida humana cotidiana.

Aunque el centauro sea una criatura fantástica, el mito de Quirón es en realidad un mito de la humanidad. Somos una mezcla de opuestos y de contradicciones, mitad bestiales y mitad divinos, con una capacidad para una gran sabiduría y bondad, y una capacidad semejante para el salvajismo y la brutalidad.

Los centauros salvajes con los que lucha Heracles están dentro de nosotros igual que lo está la nobleza de Quirón. Los opuestos están inextricablemente vinculados en los seres humanos y nunca podemos quedar totalmente separados. Por más sabios que seamos, tenemos la capacidad de comportarnos salvajemente los unos con los otros, y compartimos esta dualidad colectiva aun cuando, como personas, decidamos alinearnos con la luz.

Por consiguiente, todos podemos padecer dolores injustos, ya sean emocionales o físicos, y, una vez heridos de esta forma, deberemos intentar ser sabios y obrar ecuánimamente para quedar curados por completo y recuperar nuestra inocencia. Está en nosotros elegir el camino de curación de la compasión y de la aceptación de los límites como seres mortales en lugar de la persistente corrupción del resentimiento interno hacia la vida.

Fuente: http://www.proyectopv.org/3-verdad/mitosquiron.htm

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  1. Es difícil aceptar que algo malo nos puede pasar hasta que ocurre, los seres humanos somos egocéntricos, y más en la sociedad actual. Las justificaciones no son más que un mecanismo de defensa para defendernos a nosotros mismos de la hostilidad del mundo. Si perdemos la sensación de control nos perdemos a nosotros mismos, el vernos indefensos contra el mundo es una sensación que no podemos aguantar. De ahí nacen muchos trastornos, como por ejemplo el trastorno del estrés postraumático. Tiene su origen en una situación que vive la persona como incontrolable e inexplicable (un atentado, violación, accidente…). ¿Por qué a mi? ¿Y por qué a los demás si?

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    • Desde niño he escuchado la frase: ´´Nada es color de rosa.´´ Al paso de mi vida, he confirmado lo cierto que es esto…

      Todos tenemos miedos, preocupaciones, inquietudes, inseguridades, etc…Depende de nosotros en como reaccionamos a estos estados.

      Depende de como reaccionemos, es como viviremos nuestra vida desde ese momento en adelante. El pensamiento que tengamos, siempre se vera reflejado en nuestro comportamiento.

      Saludos.

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