Pájaros gigantes devoradores de hombres y otras fábulas rigurosamente ciertas

 

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El suspiro de unas alas cortando el viento, un eclipse fugaz de plumas contra el sol y ocho puñales a la vez hendidos en las entrañas. Muy jodido, estaremos de acuerdo. Una forma de morir terrible.

Este pájaro, el hokioi, lo conocieron nuestros antepasados. Nosotros no lo hemos visto, es un pájaro que ha desaparecido. Pero lo que decían nuestros antepasados era que era poderosa, un ave muy poderosa. Un halcón muy grande. Descansaba en la cima de las montañas, no descansaba en las llanuras. Cuando volaba nuestros antepasados lo veían pero no todos los días, porque moraba en las montañas. Era rojo, blanco y negro. Era un pájaro de plumas negras teñidas de amarillo y verde y un montón de plumas de color rojo en lo alto de la cabeza.

Habría que haberle visto la cara a sir James Hector, geólogo eminente, al escuchar de boca de un maorí esta descripción tan completa del hokioi, un gigantesco pájaro devorador de hombres del que hablaban las leyendas indígenas. Y al resto de naturalistas que integraban la reunión de la Royal Society of New Zealand aquel 14 de agosto de 1872, todos tan europeos y de mostacho tan absurdo como quieran imaginar.

Y eso que el horno estaba precisamente para bollos. Julius von Haast, un científico prusiano, acababa de encontrar en una ciénaga de la región neozelandesa de Canterbury los huesos subfósiles de lo que parecía, a falta de medio esqueleto, un buitre increíblemente gordo. Sin otra referencia que aquella enigmática rapaz gigante de la mitología maorí, la Royal Society intentaba contrastar el hallazgo con la leyenda porque estamos en Nueva Zelanda a finales del XIX, a fin de cuentas. Cosas peores se habían visto.

Y además, literalmente. De hecho, los últimos avistamientos de moas habían tenido lugar en la Isla Sur solo cincuenta años antes, en la década de 1820. Estos pájaros sin alas, endémicos del archipiélago, pesaban hasta doscientos cincuenta kilos y medían hasta tres metros y medio de altura.

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 Hoy no se discute que los últimos ejemplares de moa vivieron en el siglo XV y se cuestiona la veracidad de estos encuentros posteriores, pero en 1870 no. En 1870 el moa causaba furor y los pájaros gigantes eran algo perfectamente creíble.

Siempre que se pareciesen a un moa, claro. Si no se parecían, entonces no.

Por esa razón la declaración que prestó el voluntarioso maorí no movió a ninguna investigación, siquiera una discusión, entre los académicos. La charla derivó seguidamente a otros temas de mayor relevancia —concretamente, se cuestionó el éxito que pudo cosechar el capitán Cook introduciendo la patata en la colonia— y el informe de aquel día se archivó. El documento ni siquiera recoge el nombre del indígena que aportó la descripción del legendario terror alado.

Una auténtica pena, se pueden imaginar. Cuando en 2009 se confirmó la existencia del hokioi, hoy denominado águila de Haast, no hubo nadie a quien agradecer su primera descripción. Quizá fue el último pájaro devorador de hombres que voló sobre la tierra.

Una muerte emplumada

Pájaro gigante, al menos. De los de tamaño más ortodoxo, desde luego que no.

En 1838 una niña suiza de cinco años, Marie Delex, fue capturada por un ave de grandes proporciones, seguramente un águila, en el Valais. Según corroboró el naturalista Félix Pouchet, los restos de la pequeña no se recuperaron hasta varias semanas después, cuando un pastor los descubrió en los Alpes. Y en 1868 un niño de ocho años, Jemmie Kenney, corrió la misma suerte en Tippah County, Missouri, aunque esta vez el pájaro recibió varios disparos cuando remontaba el vuelo y acabó soltando al pequeño. Murió a consecuencia de la caída.

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Aterrador, mucho; enigmático, ni un poco. Las aves de presa cazan, con perdón por la obviedad. Y los ejemplares más voluminosos —con frecuencia hembras— de las especies rapaces más grandes cazan presas a su escala. Por extraordinarios que sean los ataques a seres humanos, no necesitamos involucrar a ningún gran pajarraco de fantasía para explicarlos cuando las víctimas no pasen de los diez o quince kilos.

Y sorpresa: entre el puñado de ataques avalados por la presencia de testigos que han tenido lugar en los últimos dos siglos, la inmensa mayoría han sido a niños pequeños. Entre ellos a Svanhild Hantvigsen, una niña de tres años rescatada de un nido en la isla noruega de Leka en 1932, y a Marlon Lowe, uno de diez que sufrió el ataque de dos grandes aves en julio de 1975 en Lawndale, Illinois, aunque su madre consiguió repelerlo. El famoso ataque a un bebé que grabó un videoaficionado en Montreal en 2012 no cuenta, por cierto. Era un montaje.

Pero no amarre tan rápido los pavos —je—. Aunque la ciencia no haya conseguido documentar el ataque de un pájaro gigante, puede que ninguna criatura abunde más en las mitologías de todo el mundo, desde el Roc en Asia al thunderbird en América o el hoikoi en Oceanía. Han pertenecido a especies híbridas, como las sirenas, los grifones, las esfinges y las arpías, y han tenido nombres propios, como Quetzalcóatl, Piasa, Bar Juchne, Hræsvelgr o Aetos Dios. Y han hecho presa de seres humanos en los cuentos legados por culturas de todo el mundo, desde las africanas a la escandinava. A través de ellas, estos grandes terrores han volado en el Talmud, la Odisea, Simbad el marino o El señor de los anillos.

Están en todas partes, más que cualquier otra criatura mitológica, y haríamos mal en no preguntarnos por qué. En particular después del caso águila de Haast, que la ciencia negó porque era materia de leyenda y luego mira tú lo que son las cosas. Somos humanos, a fin de cuentas, esclavos del aforismo aquel de la piedra con la que se tropieza dos veces. Y leyendas plausibles sobre pájaros gigantes hay más de una. Y de dos.

Escuche esto: en el siglo XII el judío Benjamín de Tudela, un viajero y erudito navarro, refirió en su Libro de viajes la historia de un ave de presa gigante que vivía en algún punto cerca de la India, a la que denominó escuetamente «grifón» y atribuyó la capacidad de levantar hombres del suelo. Y solo un siglo después Marco Polo habló otra vez de estas criaturas en el Libro de las maravillas, aunque especificó que no eran grifones, sino aves semejantes «al águila en la forma de su cuerpo pero de enorme envergadura» y que «los que las han visto afirman sin vacilar que en ningún miembro se asemejan a bestia alguna, sino que tienen solo dos patas como las aves». Le atribuyó la capacidad de acarrear al vuelo no ya hombres, sino elefantes. Y fue muy específico con su lugar de origen: Madagascar.

En Madagascar no hay águilas gigantes, pero ocurren cosas muy extrañas. Una de ellas, por ejemplo, es que los lémures tienen miedo de las aves rapaces y presentan comportamientos que previenen sus ataques, aunque ninguna en la isla caza lémures. Y otra es que en 1994 un biólogo, Steven M. Goodman, descubrió unos huesos subfósiles de águila coronada africana rodeados de huesos de lémures, aunque en la isla no haya águilas coronadas africanas. Unos huesos bastante grandes, por cierto. De hecho, demasiado grandes para pertenecer a esta especie.

Goodman bautizó al animal como Stephanoaetus mahery, águila coronada de Madagascar, en un artículo de Proceedings of the Biological Society of Washington. Incluso cuando era grande —sus alas abarcaban más de dos metros— se ha sugerido que esta ave pudo alcanzar tamaños superiores a los que ilustran los escasos restos de que disponemos hoy, quizá animando las leyendas sobre águilas gigantes que abundan en todo el Creciente Fértil y Oriente Medio. Particularmente la del Roc, de origen persa.

Existe una razón de peso para creerlo. De quinientos cincuenta kilos de peso, concretamente.

Son los que presentaba el Aepyornis o ave elefante, el pájaro más grande que conoce la ciencia, también natural de Madagascar. Si el águila gigante malgache se extinguió en torno al año 1500 d. C., como calcula Goodman, coincidió con el declive súbito de estos otros titanes, cuya extinción se desencadenó con la colonización humana de la isla en el siglo IV y se consumó con la llegada de los europeos. Incluso si estos grandes pájaros terrestres no eran la presa cuya ausencia llevó a la extinción de las águilas, entonces es probable que lo fuera el Megaladapis o lémur gigante, un animal que podía alcanzar los ciento cuarenta kilos, también desaparecido por aquel entonces. Megafauna, en todo caso. Los animales que comen megafauna suelen ser megafauna. Y cuando unos desaparecen, los otros van detrás.

La última descripción que consta de las aves elefante fue escrita en 1658 por Étienne de Flacourt, un gobernador francés de Madagascar, cuando ya solo quedaba un puñado en retiradas zonas selváticas y pantanosas. Habló de «un ave gigantesca que habita en la región del pueblo de los Ampatres y pone huevos como el avestruz; para que la gente de esos lugares no pueda capturarla, busca los lugares más apartados».

Desde entonces no hay otro gran pájaro que haya animado más leyendas, empezando por las científicas. Y las extrañas ubicaciones en las que han aparecido algunos de sus huevos no ayudan demasiado. Aunque se cree firmemente que es un género endémico de Madagascar, en 1930 se encontró uno de los —cotizadísimos— huevos de este animal en el sur de Australia, el huevo de Scott, y en 1992 otro, el de Cervantes. Y hay quien atribuye al ave elefante otros huevos gigantes descubiertos en, atención, Canarias.

Producto americano

Pero, para leyendas pseudocientíficas con pájaros gigantes, Norteamérica. En ningún lugar se han notificado más avistamientos de estos animales que en Estados Unidos, y en ninguno más espectaculares. Uno de los más sonados, a la postre el de tintes más sobrenaturales, fue el del llamado Big Bird. Involucró a diferentes personas a lo largo de varios meses de 1976, cuando un gran ser volador sembró el terror por Rio Grande Valley, San Benito y otras localidades del sur de Texas. Aunque los testigos —ejem, testigos— hablaban de un ave, los que aseguraron haberla visto dijeron que su cara era como de simio, y algunos especificaron que tenía piel en lugar de plumas. La cosa acabó en batidas multitudinarias y pareciéndose mucho a Jeepers Creepers.

Quizá la fiebre no debería extrañar demasiado en la cuna del thunderbird, el águila gigante del folclore indio americano, y todas las versiones que reaparecen en fábulas y cuentos de los diferentes pueblos indígenas. Aunque se descarta que el ser humano coincidiera al sur del continente con el antiguo Argentavis magnificens —considerado hasta hace poco el pájaro volador más grande de la historia de la Tierra, con una envergadura de alas que podía alcanzar los ocho metros—, otros miembros de la extinta familia de los teratórnidos convivieron con los moradores humanos de América, especialmente al norte. Una especie, el Teratornis merriami, se ha encontrado en yacimientos de tan solo diez mil años de antigüedad y otra, el Teratornis woodburnensis, entre estratos de once mil años que también prueban la presencia humana. Los teratórnidos presentaban un aspecto parecido al de los buitres, aunque eran cazadores, y sus alas abarcaban cuatro metros.

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Es lo que tiene la ciencia, que descartar es lo más complicado. Puestos a no hacerlo, algunos no han descartado incluso que la singular devoción de las culturas norteamericanas y mesoamericanas por las aves gigantes y su panteón, abundante en dioses pájaro, pudo tener que ver con los forusrácidos, otro producto genuinamente americano. Fueron una estirpe terrestre de grandes pájaros carnívoros que también reciben el nombre, mucho más elocuente, de «aves del terror».

Algunas, como el Phorusrhacos longissimus, se extinguieron en la Patagonia a principios del Pleistoceno, pero hay quien sostiene —no sin controversia— que especies como el Titanis walleri pudieron sobrevivir en Norteamérica al menos hasta hace quince mil años, lo que de nuevo hace coincidir su final con la llegada de los seres humanos. Este animal, ilustremos, consistía en ciento cincuenta kilos de pájaro de dos metros y medio de altura capaz de alcanzar los sesenta y cinco kilómetros por hora. Debió de presentar una bonita estampa. Desde lejos.

En Australia también se desarrolló otra gran familia de aves terrestres gigantes, los dromornítidos. Emparentaban con gansos, patos y cisnes, eran carnívoros y quizá carroñeros y los ejemplares de las especies más grandes —como el Dromornis stirtoni y el Bullockornis planei, o pato demonio—, eran moles de media tonelada y hasta tres metros de altura. De nuevo se especula con la fecha exacta en que desaparecieron las últimas especies del linaje, aunque la mayoría de teorías apuntan a una extinción súbita hace poco menos de cincuenta mil años. Adivinen qué: cuando llegaron los primeros seres humanos.

Podríamos seguir. Marabúes de dos metros en la isla de Flores, alcas gigantes en el norte del Atlántico… Pero la historia es la misma. Las aves del terror ya no acechan en las praderas. Hay emúes, a lo sumo, y avestruces. Una especie de cada, porque también acabamos con las diferentes clases de emúes que habitaban Oceanía y con el avestruz arábigo, el único que vivía fuera de África. Y en las islas remotas tampoco rompen el cielo espantos descomunales con el pico curvado y costumbres de monstruo, porque ya no existe lo remoto.

El suelo, eso sí, es un lugar más seguro sin penachos anunciándose en la espesura. Y no digamos el cielo, del que ya no se descuelgan dioses con plumas buscando alimento para sus pollos. Nos sobrevivieron mucho tiempo, sin duda los que más entre esa clase agonizante que son los animales grandes. Lo suficiente para imprimirse en nuestras leyendas y que supiéramos de ellos en el tuétano, cuando los huesos te hablan desde dentro, antes de que alguien desenterrara los suyos aún sin fosilizar. Mejor así. A fin de cuentas, ellos eran los monstruos, ¿verdad?

¿Verdad?

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Fuente: http://www.jotdown.es/2014/10/pajaros-gigantes-devoradores-de-hombres-y-otras-fabulas-rigurosamente-ciertas/

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