Pío II (CCX papa de la Iglesia católica)

Pío II, medalla de bronce por Andrea Guacialoti; en la Colección Samuel H. Kress, National Gallery of Art, Washington, D.C

Pío II, medalla de bronce por Andrea Guacialoti;
en la Colección Samuel H. Kress,
National Gallery of Art, Washington, D.C

Pío II (Æneas Silvius, Enea Silvio de’ Piccolomini) fue papa entre los años 1458-64. Nació el 18 de octubre de 1405 en Corsignano, República de Siena, y murió el 14/15 de agosto de 1464 en Ancona, Estados papales.

Primera etapa

Estudió en la universidad de Siena, quedando conmovido por el llamamiento penitencial de Bernardino de Siena (1425) y siendo con dificultad impedido de unirse a los franciscanos. En Florencia comenzó a estudiar leyes, en deferencia a los deseos de su padre, pero en contra de su propia inclinación; tuvo fortuna al encontrar un puesto como secretario del obispo de Fermo. Éste le llevó al concilio de Basilea, que ya estaba bajo la sombra de suspensión a manos de Eugenio IV (1431). Al igual que su amo, a quien Piccolomini había dejado por una paga más alta, se unió a la oposición; tras dejar Basilea y hacer un viaje al servicio político del cardenal Albergati, primero a los Países Bajos y luego a Escocia, no volvió a Basilea hasta 1436. Aunque era un laico, Piccolomini se las arregló pronto para ganar una cierta estima en el concilio. Su inteligencia y talento retórico le procuraron el puesto de abreviador, siendo comisionado en varias embajadas. Pero cuando fue propuesto para ser parte del cónclave para elegir un sucesor a Eugenio IV, a quien el concilio había destituido, él declinó este honor, ya que deseaba evitar la consagración para poder ser indulgente todavía en placeres no permitidos al clero. En el año 1438 o 1439, Piccolomini comenzó su Commentarii sobre el concilio de Basilea; en 1440 escribió Libellus dialogorum de auctoritate consilii generalis. Amplias posibilidades se le presentaron cuando, en 1442, asistió a la dieta imperial en Francfort como enviado. Allí los obispos de Chiemsee y Tréveris le recomendaron al rey Federico III, quien le coronó con el laurel como poeta de escandalosos versos, tomándole como secretario a su servicio. Un ejemplo de su temperamento y marco de pensamiento en ese tiempo se halla en una carta dirigida a su padre desde Viena, el 22 de septiembre de 1443. Le pide que reciba en su casa a uno de sus propios hijos ilegítimos y añade, a modo de excusa, ‘desde luego, no era capón ni pertenecía a vuestras frías naturalezas’, lanzando a su padre la siguiente comparación vergonzosa: ‘Ya sabes qué clase de canciller eras tú mismo’. Si, por tanto, la ‘conversión’ de Piccolomini tuvo lugar al año siguiente, eso no impidió que publicara un cuento tan lascivo como Euryalo y Lucrecia y la obra Chrysis, de la que un crítico observa que ‘muestra aguda e íntima familiaridad con las indecencias y obscenidades de los poetas romanos, siendo digna de ser producida en un burdel’. Y si escribe con fecha 6 de marzo de 1446: ‘Soy un subdiácono; algo que una vez aborrecí ser. La ligereza me ha dejado’, no hay que tomar muy en serio este arrepentimiento. La corriente principal aparece en lo que escribe dos días más tarde: ‘Me debo a ti, querido hermano, estoy saciado, saturado; he disgustado a Venus… Venus incluso me evita más de lo que yo la aborrezco’. Éste no es el lenguaje de un temperamento penitencial.

Diplomacia.

Simultáneamente con su ‘conversión’, como secretario de Federico III cambió la dirección de su política eclesiástica. Aunque Félix V y el concilio de Basilea todavía le consideraban abogado de sus intereses, se presentó incluso en Viena como uno de los ‘neutrales’, apareciendo como tal en la dieta de Nuremberg de 1444. La resolución aprobada por esta dieta, de que el estatus de ‘neutralidad’ duraría hasta 1445, pero que el papa Eugenio IV debía convocar entonces un nuevo concilio, fue llevada a Roma por Piccolomini en persona y si, de hecho, no ideó ganar la aprobación de su recado, sí se ganó el favor y perdón de Eugenio IV, al menos en lo que a su carrera se refiere. De este modo se efectuó el cambio político, aunque para poner a un lado la animosidad todavía prevaleciente en Alemania, apoyó al rey con todo su arte diplomático. No le faltó recompensa de Roma. Tras ser nombrado por Eugenio IV secretario papal y regresar a Viena a la elección papal de 1447, fue propuesto como obispo de Trieste y en 1450 obispo de Siena. En ese tiempo Piccolomini ideó una nueva ‘misión’ para sí mismo que le procurara puestos más elevados y borrara todos los desagradables recuerdos de su periodo de Basilea. Se entregó a la tarea de unir a toda Europa contra los turcos, que ya estaban en control de la ciudadela de la cultura clásica griega. Ante su urgente llamamiento, Nicolás V, el 30 de septiembre de 1453, publicó una bula llamando a la cruzada y Piccolomini, en las dietas de Regensburgo y Francfort, en 1454, pronunció inflamadas alocuciones contra el enemigo secular de la cristiandad. La circunstancia de que, tras la nueva elección papal de 1455, Piccolomini traspasara su autoridad comisionada y en el nombre del emperador reconociera obediencia a Calixto III, finalmente le procuró el capelo cardenalicio, diciembre de 1456, aunque su agradecimiento por la investidura fue frío. A partir de ahí se quedó en Roma en estrecha alianza con el cardenal Rodrigo Borgia, posterior Alejandro VI. Fue éste quien en el cónclave tras la muerte de Calixto III en 1458, aupó al trono papal a Piccolomini.

Su obra como papa.

Escena de la vida de Pío II, Biblioteca Piccolomini, catedral de Siena
Escena de la vida de Pío II,
Biblioteca Piccolomini, catedral de Siena

Roma aclamó gozosamente la elección del humanista mundano. Sin embargo, su elección fue una decepción para los mendicantes literati, que le acosaron con toda clase de peticiones. Solo fue accesible a su maestro, el anciano Filelfo en Florencia, otorgándole una pensión aunque irregularmente pagada, lo que fue ocasión de invectivas contra el donante. Sin embargo, Pío II gastó considerables sumas en la adquisición de manuscritos y en la copia de valiosos códices, además de emplear artistas de toda clase, particularmente arquitectos, en Roma, Siena y Corsignano. El primer proyecto que el nuevo papa quería llevar a cabo fue una cruzada para recuperar Constantinopla. Inauguró una asamblea de príncipes cristianos celebrada en Mantua, pero la propuesta de imponer un diezmo para el propósito fue contestada por Venecia y Francia y también rechazada por el delegado del duque Segismundo de Austria y por Gregorio de Hamburgo. En el curso de la batalla librada (por haber apelado a un concilio general) apareció la notoria bula Execrabilis el 18 de enero de 1460, en la que se excomulgaba a quien hiciera una apelación de esa clase. Esto muestra los contrastes en el hombre que antiguamente en Basilea había encabezado la postura de la superioridad de los concilios sobre el papa. La acción que procedió de Mantua e incluso evocó una bula declarando la guerra y haciendo un llamamiento para una cruzada (14 de enero de 1460) no tuvo resultados prácticos, porque mientras tanto el conflicto que estalló en Nápoles entre los pretendientes españoles y franceses por la soberanía, hizo que todo procedimiento contra los turcos fuera imposible. El papa centró su atención entonces a otros objetivos. Fue generoso con sus sobrinos y otros favoritos en Siena; quiso anular la Pragmática Sanción de Bourges (1438); en Alemania, la posición del arzobispo de Maguncia, Dieter de Isenburg, hizo necesarias medidas de la mayor severidad, incluyendo la destitución de ese prelado (1461) seguida de la excomunión, que no fue revocada hasta 1464. Sin embargo, fue en Bohemia donde la lucha se hizo más ardua. En 1458 el rey Podiebrad había sido obligado a prometer, en relación a su obediencia a Calixto III, que ‘libraría al pueblo bohemio de todos los errores y herejías contra la fe católica y lo traería en obediencia a la Iglesia de Roma’, promesa que Podiebrad no pudo cumplir porque los utraquistas, bajo Rokyczana, eran demasiado fuertes. Al contrario, en la dieta nacional del 15 de mayo de 1461 se vio obligado a garantizarles la perpetuación de los artículos pactados en Praga. Por tanto, Pío II anuló la concesión del concilio de Basilea en favor de los bohemios, aunque él mismo la había elaborado. Podiebrad, quien personalmente era utraquista, se puso ahora abiertamente del lado de su facción. Su posterior citación a Roma, con fecha de 15 de junio de 1464, por acusación de herejía no pudo llevarse a cabo por la muerte del papa.

Conflictos y fracasos.

Un asunto de menor importancia fue el relacionado con el duque Segismundo del Tirol, mencionado antes como Segismundo de Austria. Durante años había estado en desacuerdo con el obispo de Brixen, el famoso cardenal de Cues (Cusanus), que pretendía la soberanía sobre el Tirol. Cusanus había sido comisionado durante la convención en Mantua como gobernador de Roma, al ser un viejo amigo de Pío II. Pero cuando regresó al Tirol, Segismundo le preparó una emboscada y le apresó. La excomunión y el entredicho fueron las consecuencias (1460). Bajo la promesa de lograr rescindir de Roma los castigos eclesiásticos, Cusanus recuperó su libertad, pero no obstante, como fracasó en lograr la deseada rescisión, no regresó al Tirol. Tampoco sobrevivió a las negociaciones entre Pío II y el duque (1461). Con todos esos conflictos y preocupaciones el papa pudo realizar su plan favorito. Incluso falló su asombroso intento de convertir al sultán Mahomet II por persuasión epistolar. Por encima de todo, había escasez de dinero. Dentro de los dominios papales y a pocos kilómetros de Roma se descubrió el rico y suntuoso campo de los Alouni, por lo que Pío II, de nuevo, mandó enviados investidos de varios poderes, promulgando en 1463 una nueva bula en favor de una cruzada. Pero salvo Venecia, que tenía un doble interés en la empresa, y Hungría, que estaba inmediatamente amenazada, la guerra contra los turcos no halló respuesta. Entonces el papa encabezó el asunto en persona. En junio de 1464 viajó a Ancona y tuvo la satisfacción el 12 de agosto, cuando ya estaba gravemente enfermo, de sobrevivir a la llegada de la flota veneciana. Pero tres días más tarde murió, alabando en sus últimas palabras a los que habían estado con él en la cruzada y a los miembros de su familia. Parece que logró lo que había sido su más fuerte motivo en conexión con esta empresa: expiar, mediante una ‘buena muerte’ una mala vida. ‘Creemos’ según dijo en el discurso por el que proclamaba el comienzo de la cruzada, ‘que nos irá bien, si a Dios le place que acabemos nuestros días en su servicio’.

Carácter

Pío II, grabado de Jean-Baptiste Scotin
Pío II, grabado de Jean-Baptiste Scotin

La tremenda sima que marca su vida, quiso cubrirla Pío II con un subterfugio mayor. Todo lo que anteriormente atacó en Basilea y lo que escribió en alabanza del concilio, lo negó apelando a Agustín en la bula In minoribus, de 26 de abril de 1463. Incluso previamente, en la Epistola retractationis, se había expresado en términos similares. Tocante a su Commentarii sobre el concilio de Basilea, que durante el siglo XVI fue puesto en el Índice, hizo lo mismo, al compensarlo con una obra en la que defendía la idea papal. De nuevo, en referencia a sus obscenos escritos, hacia el periodo de 1440, el papa exhorta a sus lectores: ‘Quitad a Eneas y recibid ahora a Pío’. Su autobiografía la escribió hasta 1464, publicándola en forma elaborada su amigo Campano. Numerosos escritos históricos, geográficos y etnográficos pertenecen al segundo periodo de su desarrollo, entre ellos la historia de Federico III, donde los sucesos de los años 1439-1456 los expone en un estilo picante, igualmente la Historia bohemia y las obras Europa y Asia. El afán de venganza del injuriado humanista Filelfo atribuyó a Pío tales crímenes contra natura, que ni siquiera Piccolomini había cometido. Su vida en el cargo papal fue incuestionable, aunque la acusación de nepotismo está bien fundada. Junto a esto fue enérgico para erradicar la herejía, si bien él mismo no estuvo exento de poder ser acusado de herejía: ‘Con razón les fue quitado el matrimonio a los sacerdotes, pero con mayor razón debería serles permitido de nuevo’. En el caso del obispo Pecock de Chichester, este prelado había negado la infalibilidad de la Iglesia en comparación con la Sagrada Escritura, pero posteriormente renunció a esa ‘falsa doctrina’. Sin embargo, cuando él todavía se oponía a la infalibilidad de la Iglesia, el papa (1459) mandó que su legado fuera a ver si el apóstata era quemado, junto con sus escritos. Y con fecha 11 de mayo de 1463, exhortó a los inquisidores avariciosos y derramadores de sangre a que no tuvieran consideración alguna con los valdenses. Por lo tanto, en él quedan puestas en entredicho todas las otras huellas de su carácter, cultura clásica, benevolencia, liberalidad y rico intelecto, cuando la autoridad eclesiástica estuvo en juego. A la muerte de Pío II en Ancona su cuerpo fue llevado a Roma, siendo primero enterrado en la antigua iglesia de San Pedro y posteriormente (1641) en la iglesia de San Andrea della Valle.

Escritos.

Los escritos del papa se publicaron en una colección impresa en una edición colectiva en Basilea en 1551 y 1571. Su Literæ apareció en muchas ediciones separadas (Colonia, 1478; Nuremberg, 1481, 1486, 1496). El Commentariorum… de concilio Basiliensi apareció en Colonia, 1521; su Epistola Retractationis está en C. Fea, Pius II. a calumniis vindicatus (Roma, 1823); la Historia Friderici III. está en A. F. Kollar, Analecta… Vindobonensia, volumen ii. (Viena, 1762); sus Alocuciones fueron publicadas por Mansi (3 volúmenes, Lucca, 1755–59), complementadas por G. Cugnoni, Opera inedita Pii II. (Roma, 1883).

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