La Casa de las Siete Chimeneas

El misterio de Elena Zapata, amante de Felipe II

Madrid, 1881

-¡Señor, debe usted venir inmediatamente a ver lo que hemos encontrado!-
El capataz de la obra se dispuso a seguir presuroso a los inquietos operarios, que habían llegado a él con la tez blanca como la cal.



En un antiguo caserón de Madrid se estaban llevando a cabo obras de rehabilitación para la que sería sede del Banco de Castilla. Entre los escombros de los muros, atónitos todos, pudieron contemplar los restos de un esqueleto que había sido, sin duda, emparedado. Era una mujer.

Junto al esqueleto, un pequeño saco de revelador contenido databa el hallazgo: monedas, concretamente siete monedas, de la época de Felipe II.

Madrid, s. XVI, reinado de Felipe II

Las campanas de la Iglesia de San Martín repicaban a boda. El novio, el apuesto capitán Fernando Zapata, recibió henchido de orgullo, de manos del mismísimo rey, un cofre con las arras, símbolo de abundancia y prosperidad para su matrimonio: eran concretamente siete, siete monedas de oro.

La novia, en cambio, lucía un semblante triste y apagado. Elena Méndez, desde aquel día Elena Zapata, cruzó su mirada con la del rey y prendió el fuego en los ojos pardos de él, evocando otros fuegos, en otras hogueras…

– Debo alejarme de vos, y vos debéis manteneros alejada de la Corte. Es mi deber ahora proporcionar un heredero a la Corona, y mi lugar está junto a doña Ana, la Reina. Debéis entender, os lo suplico, Elena.-

Ella yacía desnuda en el lecho, y su mirada desafiante acompañando a su tacto ardiente bajo las sábanas traspasó al rey: 
¡Pero yo os amo, Majestad! –

Y las ascuas de la hoguera encendida volvieron de nuevo a crepitar intensamente. Durante sus largos desvelos, noche tras noche, apostado en su balcón del imponente alcázar, Felipe II podía divisar a lo lejos las siete columnas de humo, procedentes de las siete chimeneas del hogar de los Zapata, como un doloroso desafío, como una invitación al pecado, como un insoportable arrebato de celos.

Siete chimeneas, una por cada uno de los pecados capitales. Humo gris, oscuro como su alma.

Yo, el Rey

Los manuscritos de Felipe II delatan una personalidad visceral y presa de pasiones palpitantes.

El rey, se movía siempre y peligrosamente en el furor de lo extremo, y es por ello que a la desaforada pulsión de sus sentimientos, emociones y acciones, acompañara siempre una cierta nota de autoinculpación, profundo pesar y autocastigo.

La escritura del rey denota aptitud para ejercer el poder, tal cual, como soberano, con sobrada inteligencia, audacia en la negociación y destacado carisma, pero todo ello no obsta para descubrir, en la intrincada, y a veces incluso escurridiza y oscura personalidad del monarca, también a un sentimental.


La emotividad palpita bajo la que pudiera ser una piel áspera, pragmática y contenida propia de un soberano, y las pulsiones sexuales se descubren por sí solas, con apenas rascar entre sus letras, encubiertas con prudente reserva y rincones del alma secretos.

La casa de las siete chimeneas

Poco duró la convivencia del matrimonio Zapata en la casona de los Altos del Barquillo.

Fernando Zapata murió en el campo de batalla, en Flandes.

Este azar del destino no sorprendió a muchos, y menos a aquellos que fueron testigos en la noche, de las visitas de un misterioso caballero embozado a la viuda de Zapata.

Cuentan las crónicas de la época que, tal vez, el único sabedor de los pensamientos atormentados, las luchas entre el querer y el deber, la moral y los pecados de la carne que torturaban al Rey, era su secretario Antonio López.

Es por ello que, aunque jamás se supo a ciencia cierta, los mentideros de la Corte atribuyeron al secretario, confidente real, y mano fiel del monarca, la sorprendente e inesperada muerte de la joven Elena, que fue hallada sin vida en su alcoba, una fría  mañana de enero…

El pecado de lujuria y el sentimiento de culpa que Elena representaba para el rey, con mano fina habían desaparecido… ¿o no?

Cuenta la leyenda que, desde aquel frío día de enero, los vecinos de Madrid podían contemplar, en las noches de luna llena y tras el toque de ánimas, cómo un resplandor blanco iba tomando forma sobre el tejado de la Casa de las siete chimeneas.

Una mujer aparecía, vestida de blanco y con una antorcha en la mano, se aproximaba despacio hasta el borde que da cara al Alcázar Real, se arrodillaba y, golpeándose con fuerza el pecho, lanzaba un aterrador grito, y desaparecía…

Este artículo se debe en parte a la Historia y en parte a la leyenda. La Casa de las siete chimeneas es, actualmente, sede del Ministerio de Cultura, y está sita en la Plaza del Rey, junto a la calle Barquillo.

Su apariencia austera e inquietante, así como los macabros sucesos hallazgos acontecidos durante sus numerosas restauraciones, han contribuido en mucho a fortalecer su leyenda negra.

Se sabe que otra joven amante del rey Felipe II, residente en la casa, se suicidó en ella. Además, la casona fue también protagonista del famoso Motín de Esquilache, en marzo de 1776.

Texto de Sandra Cerro/Pefiles de la Historia

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