¿Deben regresar a Atenas los mármoles del Partenón?*

Escrito por:  Publicado en: Arte

¿Deben regresar a Atenas los mármoles del Partenón?

Con 20 años sueles tener las cosas muy claras. Al menos, yo las tenía a esa edad. Por aquel entonces, navegaba felizmente por las asignaturas de la carrera de filología clásica, donde siempre me decanté más por el griego clásico, hasta que acabé orientando mi doctorado al ámbito de los estudios helénicos.

Una de las cosas que entonces defendía con mayor vehemencia ante quien quisiera escucharme era que los mármoles del Partenón que estaban en París y Londres debían volver a Grecia.

Para mí, allí residía el ómfalos, el centro y origen de toda nuestra cultura occidental. De hecho, más de diez años después de licenciarme, con mi amor por la civilización de la Grecia antigua todavía intacto, ya no lo tengo tan claro.

Desde bien pequeña he ido (o me llevaban) a museos, y conozco los más importantes de Madrid, París, Londres, Roma, Florencia, Venecia, Berlín, Nueva York, Chicago o San Francisco, por citar las ciudades más relevantes, y de cada uno de ellos me he llevado una experiencia única, que me ha enriquecido como persona, sin duda.

Ahora bien, cuando, por ejemplo, vi en el MOMA de Nueva York Las señoritas de Avignon de Picasso, en ningún momento se me ocurrió que aquella, y otras obras de arte de origen español (y entiéndase esto en sentido muy amplio) debían devolverse a España.

Al contrario, sentía que el hecho de que hubiera obras de arte europeo preservadas en otros continentes, en museos donde personas de todo el mundo hacían cola para verlas, era una manifestación del espíritu humanista en nuestra época.

Tilemahos Efthimiadis, CC

Antes de viajar a Nueva York, ya había visitado el Museo Británico de Londres y el Louvre en París, donde había visto los frisos del Partenón. Están impecablemente conservados, y ocupan un lugar privilegiado entre las muchas otras joyas arqueológicas o artísticas de valor incalculable, de modo que no queda lugar a duda de que los mármoles del Partenón son un símbolo de uno de los pilares sobre los que se asienta nuestra civilización occidental: la cultura grecorromana.

Por tanto, desde un punto de vista rigurosamente científico, no se me ocurre ningún argumento que me convenza personalmente y como helenista de la necesidad de devolver a la Grecia contemporánea unas piezas magníficamente preservadas y que visitan millones de personas al año sin ningún problema.

¿Por qué se sigue, entonces, reclamando la devolución de esos frisos a Grecia? Si, como creo, no hay un peligro en su conservación y cumplen una importante labor en la difusión del conocimiento de la civilización griega, ¿qué razones o en qué ideas se basan quienes siguen reclamando una devolución que, si se produjera, podría suponer el inicio del desmantelamiento de los museos como centros de saber?

Señores, nos adentramos en el inestable terreno del revisionismo histórico. Cuidado con las arenas movedizas.

Dafalias, CC

Fue la actriz Melina Mercouri, por entonces ministra de Cultura en Grecia, quien emprendió esta cruzada en marzo de 1982. Con una convicción que pronto se transmitió a toda la opinión pública de su país, Mercouri solicitó que la Venus de Milo, custodiada en el Museo del Louvre de París, se expusiera de forma temporal en Atenas, y asimismo exigió el retorno definitivo a Grecia de los frisos del Partenón, esculpidos por Fidias, y como ya he mencionado, convertidos en uno de los mayores tesoros del Museo Británico de Londres.

En este punto, hay que recordar al aristócrata escocés Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin y décimo primer conde de Kincardine (1766- 1841). Elgin ejerció como embajador de Su Graciosa Majestad en el Imperio Otomano desde 1799 hasta 1803.

Gracias a las recomendaciones de Sir William Hamilton, arqueólogo y diplomático, Elgin se interesó enormemente por las ruinas de Atenas. Antes de él, ya lo habían hecho otros dos viajeros y arqueólogos, James Stuart y Nicholas Revett, cuyos estudios habían sido patrocinados por la Sociedad de Diletantes, una fraternidad de nobles y eruditos apasionados por la antigüedad grecolatina.

Lawrence Alma-Tadema: “Phidias Showing the Frieze of the Parthenon to his Friends” (1868)

El caso es que Elgin consiguió que el Sultán firmase un edicto que legitimaba su intervención arqueológica en la Acrópolis ateniense. A partir de dicho edicto, se le autorizó a demoler edificios modernos que afectasen a las antiguas ruinas. También quedaba autorizado para extraer estatuas y otros restos con fines académicos.

El conde costeó el trabajo de un pintor napolitano, Lusieri, y de otros artistas, encargados de realizar todo tipo de apuntes, bocetos y modelos durante aquel verano de 1800. El mencionado edicto, firmado un año después, permitió aElgin sacar de su emplazamiento original numerosas piezas del Partenón.

No fue una decisión gratuita. Los turcos habían dañado no pocas estatuas, y estaba claro que, de acuerdo con los ambiguos valores de la Inglaterra imperial, la de Elgin venía a ser una operación de salvamento arqueológico. Podemos creer que ese es un eufemismo para definir un simple saqueo –así lo creía Lord Byron– o confiar en la buena fe de los británicos. En cualquier caso, casi nadie puede negar el peligro que corrían por aquellas fechas los restos de la civilización griega: un riesgo que luego se acrecentó durante la lucha por la independencia y, ya en el siglo XX, durante la ocupación nazi.

En 1803, aquel tesoro –75 metros de friso, quince metopas y diecisiete estatuas de los pedimentos– se embarcó con destino a la metrópoli. El traslado fue todo lo accidentado que podamos imaginar. Trece años después, tras acceder un arruinado Lord Elgin a su venta, esa maravilla fue depositada de forma permanente en el Museo Británico.

Mstyslav Chernov, CC

Durante la rueda de prensa en la que reclamó su devolución, Melina Mercuri se refirió a los frisos del Partenón como un botín robado por Lord Elgin. “Este símbolo de Grecia –fueron sus palabras– debe regresar definitivamente a su país de orígen”.

En 2009, durante la inauguraciόn del Nuevo Museo de la Acrόpolis, el presidente de Grecia, Karolos Papouliuas, repitió las palabras de Mercouri: “Ha llegado el momento de cerrar las heridas del Partenόn con el retorno de las esculturas que le pertenecen”.

El museo, cuya creación fue impulsada por el primer ministro Costas Karamanlis y por la carismática Melina, es una estructura ultramoderna y tremendamente costosa, indicativa de aquellos años en los que el país se endeudaba sin ninguna prevención. Desde la galería dedicada a la decoración del Partenón, este museo aún reivindica todo aquello que Grecia reclama al museo londinense.

La edificación de este apabullante espacio expositivo fue, además, otro mensaje a los británicos, que hasta esa fecha habían justificado la decisión del British indicando que Grecia no podía custodiar adecuadamente ese patrimonio. Sin embargo, un año después, la crisis comenzó a mostrar sus primeros síntomas, y el caos administrativo y financiero de Grecia incorporó nuevas variables a esta polémica.

En un país asolado por el intervencionismo asfixiante, el clientelismo y la corrupción, los ejemplos difundidos por la prensa alemana y británica eran un dedo acusador poco soportable tras años de nacionalismo fomentado institucionalmente. Además, estas acusaciones iban contra una parte de la población (las familias de más de 1.400 personas fallecidas cobraban su pensión como si aún vivieran, entre otros fraudes muy extendidos a la hacienda pública) y también contra sus representantes (las estadísticas oficiales habían sido falseadas para entrar en el euro, y luego siguieron manteniendo esa ficción).

Esos reproches acabaron afectando al debate que nos ocupa. En un artículo escrito para El País en 2010, Rafael Argulloltomaba partido: “Que los asuntos vayan mal, sobre todo en Grecia, no justifica la afrenta contra este país por parte de la prensa amarilla británica y alemana. El Bild, por ejemplo, un periódico que envenena diariamente a millones de lectores, además de afirmar que los griegos son genéticamente manirrotos, ha sugerido que se pongan a la venta bienes patrimoniales helénicos, e incluso islas, para paliar el desastre de la actual crisis. (…) Con relación a los bienes patrimoniales, supongo que lo que más apreciarían los compradores alemanes es el Partenón.

Pero no sería de desear que pagaran justos por pecadores y la sociedad griega, la primera en sufrir la rapacidad de sus especuladores, no debería ser privada, también, de sus tesoros artísticos. (…) Se me ocurre una idea: Gran Bretaña y Alemania podrían enjuagar esa deuda pagando el alquiler de los tesoros griegos depositados desde hace siglos en el British Museum o en el Pergamon. Tener los frisos del Partenón en casa es un lujo al alcance de pocos y los lujos, hoy, deben pagarse”.

Nikolaos Balanos (1860-1942) observa los frisos del Partenón

Reaccionando frente a las exigencias europeas, casi todos los partidos políticos griegos se aferraron al viejo sentimiento nacionalista. Como se pueden imaginar, la devolución de los mármoles del Partenón es un asunto de orgullo nacional que no podía quedar fuera de ese programa.

Hasta la situación más pintoresca era útil para la reivindicación. Por ejemplo, en febrero de 2014 le preguntaron a George Clooney, en medio de la gira promocional previa al estreno de The Monuments Men, si consideraba adecuada la devolución. “Probablemente sería lo correcto”, respondió la estrella. Pocos días después, el ministro de Cultura griego invitaba a Clooney a disfrutar de sus vacaciones en Grecia.

Solipsist, CC

Sé que aquí mi postura va a ser impopular, pero considero que no es buena idea desmantelar los museos europeos para satisfacer reivindicaciones como la que plantea Grecia. Los mármoles del Partenón pueden quedarse fuera de ese país, sin que ello suponga una tragedia cultural.

Al fin y al cabo, habría que devolverles esas piezas a la ciudad-estado de Atenas, pues Grecia, como nación, no existía cuando Lord Elgin llegó a esas ruinas.

En todo caso, volvamos al lado práctico. Dejémonos de sentimientos, que para mí pertenecen a otra esfera, y sopesémoslo…¿Qué lograríamos desmantelando los grandes museos del mundo? Porque si se devuelven los restos dispersos del Partenón, no veo por qué no habría que devolver antigüedades egipcias, babilónicas y romanas, por supuesto.

Imagino la situación, casi como una viñeta que podría caber en ese estado omnipotente y populista de Alan Moore de V de Vendetta: las riquezas robadas, y símbolos del glorioso y épico pasado nacional serían recibidas por el gobierno de turno de cada país en medio de una gran pompa y floritura. Casi sería como la celebración de un Triunfo romano, después de una victoria contra los bárbaros.

Piensen, por ejemplo, en el museo del Louvre, cuyas colecciones incluyen tesoros de numerosos territorios, incluido nuestro país, desprovisto de sus numerosas salas dedicadas al arte griego, egipcio y romano, sin obras de Leonardo Da Vinci (deberían volver a Italia, supongo), ni de los maestros barrocos holandeses y españoles y, por supuesto, todas las obras de Goya deberían volver al Museo del Prado. ¿Se imaginan que bonita ceremonia y desfile podría montarse en Madrid para dar la bienvenida a El pie varo o El patizambo, la fantástica obra de Ribera que alberga actualmente el Louvre?

Andrew Dunn, CC

Volvamos al principio y apliquemos el pensamiento crítico que Sócrates nos enseña en los diálogos de Platón y dudemos de todo aquello que creemos saber con total seguridad para evitar ser víctimas de nuestra propia opinión.

La realidad es que tanto el Museo Británico como el Louvre dan, en este caso en concreto, un trato más que señorial a los frisos del Partenón, aunque algunas personas critiquen la decoración. Digo esto después de leer el artículo publicado en The Guardian, en el que Jonathan Jones argumenta por qué estos frisos deberían retornar a Atenas. “El contexto lo es todo”, dice Jones, decepcionado por la sala neoclásica del British donde se exhiben, y ciertamente fascinado por el Nuevo Museo de la Acrόpolis.

Pese a las discrepancias sobre el escenario en el que se exponen, el autor coincide conmigo al reconocer que las piezas custodiadas en Londres están en perfecto estado, mientras que las que permanecen en Atenas han sufrido elocuentemente el efecto de la polución y otras desgracias.

¿De verdad podemos iniciar un desmantelamiento de los centros de saber de nuestra época por discrepancias sobre decoración? ¿Tienen sentido que un país reclame derechos morales de propiedad de algo que es patrimonio de la humanidad y cuya importancia reside, precisamente, en su simbolismo para la civilización occidental en su conjunto? Y si nos ponemos a reclamar y a revisar la historia, ¿dónde ponemos los límites? No responderé a estas preguntas por ustedes. Yo ya llegué a mis propias conclusiones, y cambié de opinión.

Tal y como se gestionan en la actualidad, los museos internacionales cumplen una función social que está por encima de los intereses de cualquier nación. Promueven la divulgación científica, la democratización del saber y permiten tender puentes entre culturas en una época en la que fuera de sus paredes sigue sin existir entendimiento entre pueblos de diferentes religiones. Son la mejor manera oportunidad que tenemos de conocer la diferencia, la alteridad, y no solo respetarla, sino también admirarla y llegar a comprenderla. Por tanto, antes de considerar mi postura eurocéntrica y descartarla por ello, valoren todas las posibilidades para mejorar la convivencia mundial nos brinda la comprensión y el entendimiento de los otros (del bárbaro, como llamaban los griegos a todo aquel que no hablaba griego clásico).

Valoren la preciosa labor de conservación que han llevado a cabo con tesoros arqueológicos que podrían haberse perdido o robado, como ocurrió en Bagdad, de donde desaparecieron piezas de valor incalculable de la antigua civilización mesopotámica y que difícilmente se podrán recobrar. Y entonces, pregúntense, ¿vale la pena destruir los centros neurálgicos de saber, las bibliotecas de Alejandría de nuestra era, para satisfacer unos intereses nacionales y políticos oportunistas?

La respuesta que a mí se me ocurre es que ya se quemó una Biblioteca de Alejandría, y nos dejó ciegos y sordos frente a una parte de nuestro pasado que nunca podremos recuperar.

Quién sabe la de autores y obras literarias que cayeron para siempre en el olvido. Los grandes museos nacionales son nuestra gran oportunidad para que eso no vuelva a ocurrir y para que el diálogo, el mismo que nos legaron Sócrates yPlatón, pueda extenderse más allá de los muros del Museo Británico o del Louvre.

Fuente: thecult.es/arte
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