Río Guadiana*


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La leyenda del rio Guadiana que es un rio que aparace y desaparece….

Érase una vez un pueblo muy bonito y tranquilo situado a la orilla de un gran río. El pueblo sesteaba tumbado al sol, todo lo largo que era, en un precioso valle lleno de huertos, sotos y mejanas. Aquel pueblo tenía muchas callejas y senderos por donde los niños correteaban alegres y bulliciosos.

Por tener tenía hasta un enorme tambor situado en un altozano que dominaba el valle y que al atardecer sonaba misteriosamente, tocado por las enormes manos de un gigante bonachón e invisible. Era la señal para que los niños dejasen de jugar y volviesen a sus casas a cenar y a dormir.
Todo transcurría con normalidad hasta que un día de primavera, el gran río vio reflejada en sus aguas la silueta de una bellísima mujer.

Alzó la vista y contempló a una hermosa joven que se estaba acicalando en unas piedras de su orilla.
Fue tal la impresión que le causó aquella idílica visión y tal el amor que instantáneamente sintió, que intentó pararse para hablar con ella y declararle su amor.
Resistió todo lo que pudo el empuje de la corriente que se le echaba encima pugnando por seguir su curso. Incluso el gran gigante del tambor y todos los hombres del pueblo intentaron ayudarle construyendo presas, molinos y norias para detener el enorme río.

Pero a los grandes ríos les está prohibido enamorarse y, por otra parte, la presión de su agua llegó a ser tal, que ni las presas ni ningún otro obstáculo evitaron que el río pasara de largo sin poder detenerse.
La tristeza se apoderó de él y siguió discurriendo lenta, apesadumbradamente y sin rumbo fijo.
Pasó el tiempo y el río seguía sin poder olvidar a la hermosa mujer que dejó grabada su silueta en sus aguas. En su penoso deambular por áridos parajes, encontró a una diosa dulce, comprensiva y con mucho poder a la que relató su odisea y su gran pena. Se trataba de la diosa Montler.

Una diosa a la que se le atribuían poderes sobrenaturales especialmente orientados hacia el amor y la ternura.
Escuchó del río su quejumbroso relato y al verle tan enamorado y triste, hizo uso de sus divinos poderes y ordenó enérgicamente a las montañas que encauzasen el río otra vez hacia el pueblo de su amada para que pudiera verla de nuevo y casarse con ella.
Dóciles las montañas, se doblegaron sobre sí mismas y formaron un precioso meandro por donde el gran río pudo deslizarse y volver sobre sí mismo, pero todo fue en vano.

Cuando el río llegó de nuevo al pueblo, la muchacha ya no estaba. Desesperada y loca de amor, se arrojó un día a las frías y largas aguas intentando abrazarse para siempre con su amado. ..

Guadiana

Tiñen los lirios de verdes y amarillos las orillas del Guadiana,
martinetes y avetorillos se disputan
los mejores sitios en los espadañales.
Fluye en río agónico, indiferente a las colonias de garcillas,
que gárrulas perturban la soledad de los atarfes,
minúsculos pájaros moscones se reclaman de rama en rama,
alegres, agradeciendo el calor del estío extremo.
Cuando la brisa abre los eucaliptales,
miméticos chotacabras acunan sus crías.
Amarillo de lirios, amarillo de oropéndolas,
que se recitan su amor de árbol en árbol.
Estalló el verano en todo su apogeo,
y el calor invade hasta las malezas más tupidas,
Martines pescadores se afanan en la pesca de alevines de barbos
y carpas para, saciar el hambre de sus crías en el túnel obscuro.
En lo profundo del soto el ruiseñor ha callado,
cansado de anunciar su primavera,
mientras estatuarias garzas, esperan lanzar su afilado pico
sobre los descuidados pececillos.

 
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