La rara Historia de La Lechuga*

Hasta el año 1989, cuando se le rescató de una bóveda oscura para exhibirla al público prácticamente por primera vez, la fabulosa custodia de los jesuitas parecía un mito.


La Eucaristía se constituyó, desde muy temprano, en el acto de fe más importante de la vida cotidiana en todos los asentamientos urbanos de españoles en Hispanoamérica.

Desde el instante mismo de la fundación de las primeras ciudades y villas (siglos XV y XVI) los sacerdotes cristianos le otorgaron un poder especial a las prácticas religiosas en las que, mediante un rito, se transformaban el pan y el vino en el cuerpo mismo de Jesucristo.

Fue sobre la arquitectura del templo y el diseño de los ornamentos que recayó ese poder taumatúrgico, aquel en el que los indígenas, negritudes y mestizos empezaron a creer.

En ese sentido, tanto el cáliz como la custodia se convirtieron en el binomio clave de la materialidad de la fe durante el período colonial, constituyéndose en testimonios evidentes de la evangelización.

Fue en medio de ese contexto solemne que los religiosos de la Compañía de Jesús encargaron la ejecución de la “reliquia mayor” de la Iglesia de San Ignacio de Loyola en Bogotá, una pieza majestuosa de joyería que fue elaborada con esmero por el artesano santafereño José de Galaz entre 1700 y 1707.

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá (La Lechuga). José de Galaz, 1700. Colección de Arte, Banco de la República. Reg. AP3463

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá (La Lechuga). José de Galaz, 1700. Colección de Arte, Banco de la República. Reg. AP3463

La custodia cumplía entonces con la tarea de alojar la hostia para su exhibición pública, ya sea ubicándola sobre el altar o a través del traslado que hacía el sacerdote, sosteniéndola con sus manos en un recorrido que podía darse dentro del templo o fuera de él.

Algunas acuarelas y grabados del siglo XIX muestran a los curas de Bogotá recorriendo las calles en medio de procesiones, como la de Corpus Christi, fiesta que se celebra sesenta días después de la Pascua, y que congregaba a toda la ciudad en medio de una gran peregrinación, donde lo vistoso de las custodias ayudaba a fijar la mirada curiosa de los feligreses.

Conocida como La Lechuga, porque predominan en ella los tonos verdes de 1485 esmeraldas, pero además porque fue pintada con un esmalte hecho con polvo de esmeraldas, capa fina de pintura que cubre a la representación escultórica central

Un gran arcángel manierista que simboliza la sagrada unión entre “Dios Padre”, ubicado arriba a manera de Sol (conformado por 22 rayos dorados mayores y 20 menores), y la base de la custodia que a su vez está dividida en tres partes fundamentales: un rosetón o flamígero de 8 puntas que evoca a la Virgen María como intermediadora; más abajo la figura de un corazón con cintillo de esmeraldas que recuerda la pasión y muerte de Jesucristo, y la base escalonada o soporte de toda la pieza, sección que evoca el papel que cumple toda la Iglesia, en cuanto soporte o pilar de la fe cristiana.

Para la elaboración de semejante joya se emplearon cerca de cinco kilogramos de oro de 18 quilates, sobre los cuales están engastadas piedras preciosas que fueron entregadas como ofrenda al cura factor de la iglesia de los jesuitas, entre ellas: 1 zafiro, 1 topacio, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barruecos, 168 amatistas sin tallar y 4 amatistas talladas, además de las ya citadas piedras verdes.

La custodia de la Compañía resistió el embate de la persecución política ejercida por el rey Carlos III y que derivó en la expulsión de América en 1767, luego hubo sucesivas expulsiones en 1850, durante el gobierno del presidente José Hilario López, y la última, cuando el presidente Tomás Cipriano de Mosquera le desamortizó todos los bienes a las comunidades religiosas en 1861.

No hace mucho el padre Ángel, de la Compañía de Jesús, les contaba a sus más tiernos alumnos del Colegio Mayor de San Bartolomé, que La Lechuga se pudo preservar, sin salir de su templo gracias a una audaz estrategia. En la cripta de la iglesia de San Ignacio se destinó una tumba designada a un sacerdote falso, allí en ataúd de madera fue puesta la custodia, la cual fue sepultada luego de haber asistido a todo y misa fúnebre.

Tal secreto lo sabía solo un sacerdote en todo el seminario, se transmitió a través de muchas generaciones mediante la confesión que hacían los curas antes de su muerte. Hacia 1985 los religiosos empezaron a recibir noticias de saqueadores y profanadores de templos que podrían poner en peligro la integridad de su iglesia mayor en Colombia.

Fue entonces cuando el Banco de la República de Colombia adquirió, por una suma millonaria, la joya colonial más importante que poseen hoy los colombianos.

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá (La Lechuga). José de Galaz, 1700. Colección de Arte, Banco de la República. Reg. AP3463

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá (La Lechuga). José de Galaz, 1700. Colección de Arte, Banco de la República. Reg. AP3463

Esta obra de arte barroco fue diseñada siguiendo reglas estilísticas que proceden del mundo de la arquitectura del renacimiento y del manierismo italianos, es bajo esa condición mestiza que radica su principal valor patrimonial.

Fuentes

revistacredencial

eltiempo

rtve.es

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