El castillo de Cortegana, la fortaleza disputada*

Construido a finales del siglo XIII – La restauración del castillo a finales del siglo XX recobró su popularidad.

Los vecinos de Cortegana bromean a diario sobre la propiedad del castillo ubicado en su más alto cerro. Hubo un tiempo en que las escrituras oficiales aseguraban que la fortaleza pertenecía al Ayuntamiento de Sevilla.

No obstante, a ningún sevillano se le ocurriría venir a desmontarlo para ubicarlo después al lado de la Giralda, de modo que una cosa es lo que dicen los papeles y otra bien distinta lo que piensan las personas.

Sancho IV el Bravo

Sancho IV el Bravo

Tan original acta de propiedad tiene su razón histórica. El castillo de Cortegana fue mandado construir a finales del siglo XIII, allá por el año 1293. Su promotor fue Sancho IV el Bravo, muy preocupado entonces por la inestabilidad de las fronteras entre su reino y la vecina Portugal.

A Sancho IV se le ocurrió la idea de crear una raya a la que denominó Banda Gallega. A lo largo y ancho de la inestable marca el rey castellano hizo levantar un puñado de castillos que defendieran sus dominios. Al sur, el mayor quebradero de cabeza lo tenía con Sevilla, recién reconquistada a los moros.

Los temores de un rey

Interior del castillo.

Interior del castillo.

Sancho IV pensaba, y con razón, que los portugueses podían hacerse con la ciudad donde nació y murió San Isidoro, de modo que ideó un sistema defensivo compuesto por los castillos de Aroche, el más adelantado a Portugal, Cortegana, Aracena y, ya en Sevilla, la fortaleza de Las Guardas.

Por el día, los castillos se comunicaban por señales de humo, y por la noche por la luz de las hogueras encendidas en las terrazas de las torres del homenaje.

Cortegana, al igual que los otros castillos, no fue nunca asentamiento feudal. Cortegana fue un castillo defensivo cuya única función era apaciguar y estabilizar las dos fronteras peninsulares. Regido por un alcaide, el castillo no llegó a tener nunca más de doce soldados defensores.

Apaciguadas las fronteras, el castillo de Cortegana dejó de tener sentido. El abandono acabó por destrozar buena parte de su espléndida fábrica. La restauración acometida a finales del pasado siglo le hizo recobrar su lozanía.

Emblema monumental

Cortegana, desde el castillo.

Cortegana, desde el castillo.

Pequeño, íntimo y recogido, el castillo onubense está encaramado en lo alto de un cerro desde el que se divisan los tiernos horizontes del Parque Natural de la Sierra de Aracena.

Cortegana, que es un poblacho de origen árabe sumido en el encanto y la evocación, tiene en la fortaleza su más imperecedero emblema monumental. Una barbacana lo cierra y protege. Una puerta en recodo da acceso a un patio de armas sombreado por almenas y torreones. Una frondosa yedra trepa por la torre de la Bodega.

Bajo sus cimientos está el aljibe, milagrosamente conservado tal y como en su día fue construido. Un camino de ronda circunda el perímetro amurallado de la fortaleza. El patio alto da acceso a la torre del Homenaje y a la torre del Aceite.

Por debajo quedan las estancias del alcaide y de la guarnición. Con los siglos, la fortaleza olvidó su semblante defensivo y acogió al lado de sus murallas una ermita de blancas paredes y barrocas capillas consagrada a Nuestra Señora de la Piedad. Allí, a la sombra del castillo, cada primavera los vecinos del pueblo celebran una romería mariana.

smalborg

 

FUENTES

laalcazaba

elmundo

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