Primatología e Historia del Arte.

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El chimpancé Congo pintando en el Zoo de Londres, 1957 © Desmond Morris.

Dicen los zoólogos que hay gorilas con gusto por el dibujo, e incluso se habla de orangutanes con un primoso afán frente al lienzo. Como veremos, el arte y los primates no son categorías ajenas.

Con todo, empecemos por una precisión etimológica. El linaje de la palabra mono es árabe, lengua en la cual maymūn significa feliz. ¿Será porque los micos forman un pueblo bullicioso y propenso a la jarana? ¿O acaso porque los pintores y artistas los retratan en pose divertida?

La cuestión tiene su intríngulis. Es perfectamente posible que las acciones del primate sean aplicadas a algunas circunstancias humanas. Dado que monear significa hacer monadas o monerías —o sea, maniobras propias de mono—, no es difícil entender por qué usamos tales palabras al advertir un gesto o hecho gracioso de los niños. Aún más: algunos definen ciertos objetos de arte con el latiguillo: “Es una monada, ¿no te parece?”.

De todos modos, retomemos nuestra duda inicial. ¿Por qué llamamos mono a esa bestia que nos parece tan familiar? Sin duda, la explicación no es genética —al fin y al cabo, el ser humano es otro simio, otro primate más— sino más bien lexicográfica. La palabra mono, según nos recuerda doña María Moliner, proviene de maimón. Gracias a las inercias del idioma, y “aunque la forma originaria es mona, se ha generalizado mono como nombre de la especie”.

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Teniers el Joven potenció un subgénero pictórico, el de las singeries o monerías, que se puso muy en boga a partir del siglo XVIII. En el fondo, casi nada de lo monesco nos resulta ajeno. Como ahora veremos, el misterio viene de largo tiempo atrás.

El italiano Giulio Cesare Vanini (1585-1619) intuyó que el hombre proviene del simio, imaginando un darwinismo prematuro. Alentados por esa perspectiva, los pintores fijaron la imagen de un simio ataviado de hombre, y esto nos descubre algo importante: el mico de aire humano es un vehículo perfecto para la sátira de costumbres.

Así, quien fuera el mejor pintor costumbrista de Flandes, el ya citado Teniers (1610-1690), completó un repertorio de singeries al óleo, donde había de todo un poco. Basta, para comprobarlo, con atender a sus títulos: El mono pintor, El mono escultor, Tertulia de monos bebiendo y jugando en una bodega, Banquete de monos, Escuela de monos y Monos bebedores y fumadores.

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A Jean-Simeon Chardin le debemos El mono pintor (1740) y El mono anticuario (1776), en tanto que Alexandre Gabriel Decamps retrató a otro mono pintor (1833), abriendo paso a los óleos monescos de Watteau, Lancret y Huet.

En todos estos casos, se trata, por lo común, de simios elegantemente vestidos, de pose bien estilizada, siempre entendidos en el oficio que les asigna cada creador.

Sobre la condición prehumana del simio ya se pronunció el pintor francés Juan Bautista Audebert (1759-1800) en su Historia natural de los monos. Es más, si miramos con buena voluntad la clásica etiqueta de Anís del Mono, diseñada por el pintor barcelonés Ramón Casas (1866-1932), adivinamos ciertos rasgos del dios egipcio Shu o, aún mejor, de Hanuman, el héroe simiesco del Ramayana, un poema épico escrito en sánscrito entre el 700 y el 750 a. C.

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Salvada la comparación alcohólica −revisen, por favor, al mono anisero−, Hanuman se nos presenta muy pomposamente: es el retoño de una ninfa y del dios de los vientos, asistió a Rama en su lucha contra Ravana y, gracias a esas hazañas, fue adorado con ofrendas de cocos. Convertido ya en protector contra los fantasmas, se le considera dios de la medicina y, atención, inventor de la gramática (a lo que se ve, el destino se empeña en ligar literatura y primates).

No deja de sorprender esa atribución libresca, si bien la sorpresa, por reiterada, se ha convertido en tópico de viajeros y lingüistas. Ya lo indica Octavio Paz en El mono gramático (1974)

“En los vericuetos del camino de Galta aparece y desaparece el Mono Gramático: el monograma del Simio perdido entre sus símiles”.

Quiere la leyenda indostaní que Hanuman escribiese sobre los roquedales una pieza dramática, el Mahanataka, y en esto se asemeja a los gemelos Hun Batz y Hun Chouen, dioses mayas, patronos de los escribas, encarnados en una pareja de monos escritores que garabatean códices con sus plumas de loro y sus tinteros de concha tallada.

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Otra elegante sátira monesca figura en Vida privada y pública de los animales (1841) publicada por Pierre-Jules Hetzel e ilustrada por J. J. Grandville. La pieza que nos importa lleva por título Topacio, pintor de retratos, y narra la tragedia de un mico nacido en la selva virgen del Brasil y aficionado luego a la pintura.

Así, quien fuera primitivo se vuelve sofisticado: Topacio acostumbra a pasear con su cartapacio bajo el brazo y su caja de colores en la mano, comienza a frecuentar las escuelas de pintura y se convierte en retratista, con fatales consecuencias.

En la sátira, monos y monas son un perfecto vehículo de enjuiciamiento moral. De hecho, las publicaciones satíricas del XIX recurren con frecuencia a los primates: el alemán Wilhelm Busch (1832-1908) edita Fipps der offe (El mono Fipps, 1879) y en Panamá surge un periódico lleno de ironía, El mono político.

Y citamos sólo dos ejemplos de un inventario tan diverso como persistente, homenajeado además por Augusto Monterroso en La oveja negra y demás fábulas (1969), concretamente en el brevísimo cuento El mono que quiso ser escritor satírico, cuya lectura, cómo no, también recomendamos.

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©Andrés Cifuentes

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